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En julio de 1999 el Papa Juan Pablo II lo había suprimido: “ Más que un lugar, el infierno –dijo- es una situación de quien se aparta del modo libre y definitivo de Dios”. Es decir, el infierno dejaba de ser y podía volver a escena sólo convocado por los desobedientes. Ocho años después, en 2007, el nuevo Papa Benedicto XVI, decidió reponerlo: “El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno”, dijo el Pontífice. Es decir, es real y encima, no dejará nunca de serlo. Un augurio inquietante. Pero ahora el Papa Francisco lo desmiente: “El infierno no existe; lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras”.
Mucho se ha escrito sobre el infierno. Y siempre mal, como corresponde. Ahora Bergoglio se metió en la polémica. O lo metieron. Porque el diario romano La Republica le atribuye a Francisco esta frase: “Tras la muerte, las almas de las personas que se arrepienten reciben el perdón de Dios y se suman a quienes lo contemplan, pero aquellos que no se arrepienten y por tanto no pueden ser perdonados, desaparecen”. Para rematar, agrego: “El infierno no existe; lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras”.
El elenco celestial a nivel perverso viene ofreciendo constantes re empadronamientos. La eventual desaparición del infierno se llevaría puesto también a Satanás, una figura que le da credibilidad a toda la ferretería malvada. Lo de Bergoglio, poniendo en duda las tiniebla diabólicas, vendría a confirmar el enorme poder de simulación de un infierno que, con sus cambiantes andanzas, despista incluso a los expertos del más allá. El Papa quizá para aliviarnos dijo que no existe, aunque las noticias que emite la realidad parecen corregirlo.
Hoy preocupa, más que el viejo Satanás lejano, los pequeños satanaces de aquí cerca que siempre se las ingenian para hacer la vida más difícil y más cara. ¿De qué lado ubicamos los anuncios del ministro Aranguren? Cuando habla, uno tiene ganas de llamar a un exorcista. Esta semana confesó que tiene sus dólares en el exterior para ponerlos lejos del alcance de sus tarifazos y lejos de una gestión que no le inspira confianza. Otro aporte de fuego amigo a un gabinete Pro más dañado por los santos cercanos que por los angelitos del otro lado. En todo gobierno están los que no creen en el infierno y los que ayudan a consolidarlo. Y hasta Bergoglio revisará constantemente sus calificaciones al ver que la maldad ya no es privativa del demonio, hoy es malo cualquiera.
Tres años atrás, en un discurso ante los nuevos cardenales, Bergoglio afirmó que en la Iglesia de Cristo no existe un castigo para siempre, sin retorno, inapelable. Y explicó que su idea se inspira en el cristianismo original, que no es el de la “exclusión” sino el de la “acogida” de todos, incluso de los pecadores.
Esta semana, un sacerdote intolerante y enojado desmintió con hechos el pedido del Papa de aprender a escoger a todos, incluso de los revoltosos. Lo que se vio es suficiente: en la escalera de la Catedral de la Ciudad, el padre Alfón echó con una patada a una estudiante recién recibida. Al sustituir la religiosidad por patadones, el padre pudo mostrar en una misma furia la mezcla de posesión y pecado. “Se han puesto bravas las penitencias en la Catedral”, comentó un vecino. Hasta el arzobispo condenó el inconcebible impulso de este protector de escalones que mandó al subsuelo los consejos inclusivos de Francisco.
Pero esa egresada no fue la única que recibió patadas esta semana. Un día antes, en Madrid, Jorge Sampaoli tuvo que sufrir las seis patadas en el corazón y en el culo que le dieron en cancha. Lo dejaron ardiendo y cabizbajo. El cura pateador se disculpó, pero Sampaoli todavía no pidió perdón por esta media docena de papelones que lo tiraron abajo en pleno preparativo mundialista. El cura se arrepintió. Y Sampaoli se encomienda al milagro de Messi para poner su alma lejos del demonio de las goleadas.
¿Hay o no hay infierno? La teología futbolera adelanta su veredicto: si no pasamos la primera ronda, el infierno volverá con todo.
(*) Periodista y crítico de cine
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