Héctor Antonio Del Tufo es el Huevo, el de Cantilo, el que le sacaba una sonrisa a todo el que pasara por su local ubicado en la calle principal de su pueblo, City Bell.
Nada lo cambió: ni el crecimiento demográfico de la zona, ni algún traspié comercial, ni ninguna de las crisis que golpearon al comercio de la Región.
Al amor que tenía por su familia solo se le acercaba un poco el que tenía por Estudiantes. Muchas veces vestido con alguna camiseta del club de sus amores, su simpatía traspasaba los colores y así lo atestiguaban la cantidad de amigos triperos que tenía.
Su frase de cabecera era ¿vas para Punta Lara?. de la que surgieron miles de anécdotas con amigos y vecinos. Es que el “Huevo” le gritaba a la gente que pasaba con el auto por la puerta de su local “El Mercadito” la célebre frase. Su familia cuenta que empezó porque iba con la bicicleta de reparto llevando cloro, y al que cruzaba le decía que estaba yendo a Punta Lara a echarle cloro al agua. También lo hacía cuando iba en la bici, en sentido contrario al rio, y gritaba preguntándole a la gente, ¿voy bien para Punta Lara? Era habitual estar charlando con él en la vereda, y que pasen autos y le griten si iban bien para Punta Lara, frase que era una excusa para confirmar el vínculo y ese código de humor sano de barrio que cultivaba con esmero, cuentan sus allegados.
Un hombre de códigos, leal con su barra de amigos, gran jugador de padel, entusista competidor en el ping pong, pero un verdadero maestro a la hora de alegrar a cualquiera que pasara por Cantilo entre 1 y Sarmiento.
Nació un 5 de septiembre de 1959 en City Bell, hijo de Renata y Oreste, quienes tenían una verdulería también en Cantilo. Hizo el colegio en el Estrada, desde jardín hasta 3er. año. Después se cambio a la media 4, y termino ahi, donde se recibió de perito mercantil.
Desde la verdulería de Cantilo y 21 atendía junto a su padre y luego mudaron el negocio a Cantilo entre Sarmiento y 1, delante de la casa de sus padres. Pusieron un almacén pero no funcionó. Un día el “Huevo” podó un árbol, y se le ocurrio armar un cajon y ponerlo a la venta. Así fue que la verdulería-almacén se transformó en leñera, un negocio que transformó en un lugar de encuentro lleno de mística, donde la gente se llevaba algo más de lo que iba a comprar, porque siempre buscaba sacarle una sonrisa, o le hacía un chiste, así fuera la primera vez que pisaba el negocio. Con el tiempo, trabajaban con él sus sobrinos, Gastón y Nahuel, y su amigo Rubén, cuenta su familia.
También era una especie de santuario de su querdo Pincharrata: estaba repleto de objetos de Estudiantes, como posters, banderines, fotos firmadas por los jugadores.
Fanático de todos los deportes, le encantaba ver un partido de tenis, o de vóley, pero lo que más le gustaba era mirar a su Estudiantes. Tuvo épocas en que lo seguía a todos lados, pero con el negocio se le complicaba, aunque nunca faltaba la barra de amigos viendo el partido en su negocio, tan particular como él: sólo vendía cloro, madera, carbón y leña.
También como excusa para compartir con amigos, en el fondo del negocio armaron una cancha de tejo, y jugaba torneos con su barra, afirman sus allegados.
Cuenta su hija Débora que no le gustaba perder a nada y que en el ultimo cumpleaños de su nieto les dio una lección a todos, con una mesa de ping pong, ya que le ganó a toda la familia.
“Fuimos creciendo, y como él crecimos en el negocio, nos enseñó a atender a la gente, nos contaba los detalles que no hay que descuidar, nos transmitio su amor por el negocio. Papá estaba orgulloso de nosotros, y nos amaba, pero más amaba a mis hijos, sus nietos, Mariano de 10 años y Pilar que tiene 1 año”, cuenta Débora.
Era el alma de cada reunión familiar, fanático de las “pastas”, la discusión de los domingos giraba en torno a dónde se com praban los ravioles, la preferida de la familia.
También era la enciclopedia histórica de la familia, porque siempre quiso que hijos y nietos tuvieran presente a los que los precedieron, como sus abuelos y tíos, contando la historia de cada uno.
El “Huevo”, un personaje único que nunca se fue de Cantilo, ni se irá, porque para los vecinos sigue viviendo en el corazón de su “mercadito”.
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