Falleció Víctor Gil -“Poroto” en el ambiente del periodismo local-, y la noticia conmovió a una enorme cantidad de colegas que conocieron su vuelo profesional, el humor tan particular que lo caracterizó y su don de gentes. Sus restos eran velados ayer en la Casa Betti, escenario de un incesante desfile de personas que quisieron despedirse. Tenía 80 años.
Hijo de Víctor Gil y Antonia Baldino, había nacido el 10 de julio de 1938 en la ciudad de Buenos Aires, y muy chicho, por trabajo de su padre, se mudó junto a su familia a La Plata. Creció compartiendo juegos y charlas con sus hermanos Héctor y Elsie.
Con una dilatada carrera en la gráfica, se inició como periodista en 1953, cuando todavía promediaba los estudios secundarios: concurría al turno noche del Colegio Nacional y durante el día, de la mano de Saverio Redoano, uno de los encumbrados profesionales de entonces, escribía crónicas.
Avezado cronista parlamentario, “Poroto” fue secretario general del antiguo diario El Plata. Posteriormente fue director de El Argentino, y por último, jefe, durante muchos años, de la corresponsalía de La Nación en La Plata, donde cumplió su última labor periodística.
Su gusto por la redacción se le despertó, como solía recordar, en 4º grado de la Escuela 11, donde hizo la primaria. Y fue la maestra de ese curso quien descubrió cierta destreza narrativa en sus cuadernos y lo incentivó para el desarrollo de la escritura, que luego, en la vida adulta y ya con una vasta experiencia, desplegó en un sinnúmero de crónicas y artículos.
Muy perceptivo y dueño de un gran oficio, tenía una capacidad admirable para capturar, en medio del caos de un cierre de edición, la esencia de la noticia.
Un interés singular por el arte lo llevó a acercarse a la Asociación de Amigos del Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano -Amacla-, que presidía.
También participó de la vida institucional del Círculo de Periodistas de la Provincia y del Rotary Club La Plata Oeste.
Con la arquitecta Leticia Ciancaglini vivió un feliz matrimonio de más de 50 años y constituyó con ella una familia bien unida. Tuvo cuatro hijos, Julián, Guillermina, Mercedes y Simona, y sobrellevó con entereza, no sin atravesar el peor de los pesares, la pérdida de Guillermina.
Muchos de los momentos de mayor dicha los vivió en la relación con sus siete nietos, a quienes supo guiar y estimular para sacar de ellos el mejor potencial.
Fue un excelente cocinero y un cálido anfitrión.
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