Dueña de una voz privilegiada, de una sensibilidad exquisita y de un carácter firme y determinado que contribuyó a que cumpliera con el sueño de actuar en los más importantes teatros del país y de Europa, falleció, a los 90 años, la cantante lírica Aída Lydia Fileni.
Nacida en La Plata el 17 de abril de 1928 sus padres fueron Reinaldo Fileni -inmigrante italiano- y Elena Tomaghelli. Tuvo tres hermanos: Blanca, Élida y Néstor. Creció en el barrio de 4 entre 39 y 40 y cursó el nivel primario en la Escuela “Tomás Espora” -1 y 38-. Luego siguió sus estudios en el Conservatorio de Música “Gilardo Gilardi”, de donde egresó con medalla de oro en la tecnicatura de Canto Lírico. También obtuvo el título de profesora de Canto.
Con su registro de soprano lírica comenzó una carrera llena de satisfacciones. Ingresó al coro del Teatro Argentino de La Plata y a poco de esa experiencia se convirtió en solista. Realizó en el ámbito local numerosas interpretaciones de óperas y operetas en diversas salas. Recibió, asimismo, encendidos aplausos en el escenario del Teatro Colón, donde, además, dictó clases de canto.
Era muy joven cuando se casó con el ingeniero Pablo Pedro Marín (que fuera ministro de Obras Públicas de la Provincia). De esa unión nacieron sus hijos Cecilia (fallecida) y Pablo. Aguerrida y por sobre todo muy fiel a sí misma, se divorció en 1966, una época en que las disoluciones matrimoniales no eran muy aceptadas por la sociedad.
Años más tarde formó pareja con el reconocido director de orquesta Vicente La Ferla. Juntos, en 1970, viajaron a Europa, donde, a raíz del éxito obtenido por ambos en sus profesiones terminaron radicándose. Vivieron en Florencia y en Palermo y ella cantó en los más renombrados teatros de Alemania, Bélgica, Austria, España y hasta en la prestigiosa Scala de Milán. En 1987 regresó a la Argentina y se dedicó de lleno a ejercer la docencia en el Colón (donde fue premiada por su trayectoria) y en forma privada.
Aída fue, en rigor, una artista por demás completa (tocaba además con particular destreza el piano y era ceramista) que se dejó llevar por la pasión que le despertaba el arte en general.
En sus años jóvenes se destacó jugando al tenis, deporte que practicó aún habiendo cumplido los 80 años. Ese hecho constituyó una muestra más de su reconocida vitalidad.
Su hijo Pablo le regaló la dicha de convertirla en la abuela de Paulina y Manuela.
SUSCRIBITE a esta promo especial