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Es cosa de creer o repensar

Por SERGIO SINAYsergiosinay@gmail.com

Las creencias y la razón no suelen caminar de la mano. Más aún, con frecuencia avanzan en direcciones opuestas. Y la distancia que hay entre esos caminos es lo que se puede considerar una grieta. Esta palabra ha tomado una sombría popularidad en nuestros tiempos. Empezó por usarse para definir enfrentamientos políticos e ideológicos y luego se extendió a múltiples campos. Hay grietas en el deporte, en la cultura, en la economía, en el arte, en la literatura. Si aguzamos la mirada podremos distinguirlas en los espacios menos pensados, desde la gastronomía (veganos versus carnívoros) y las relaciones de género, hasta los vínculos familiares (los míos y los tuyos). Pero ni el más obsesivo observador podrá detectarlas físicamente por mucho que se empeñe. Porque las grietas que intoxican nuestras relaciones y nos empeoran la vida no están en espacios concretos y tangibles, sino en nuestra mente.

En realidad, son las creencias las madres de todas las grietas de este tipo. “Creer es pensar algo como verdadero sin poder probarlo absolutamente”, afirma el filósofo francés André Comte-Sponville en su “Diccionario filosófico”. Una definición sintética, clara y contundente. No significa lo mismo decir “yo creo” que decir “yo pienso”. Sin embargo, la mayoría de las personas empieza por decir “yo creo” cuando se le pregunta qué piensa acerca de cualquier tema. Puedo creer que mañana hará buen tiempo, que la Tierra es el centro del universo, que los fantasmas existen, que el fin del mundo llegará en el año 2050, que hay vida después de la muerte. Puedo creer en eso y en decenas de cosas que, como estas, no podré demostrar con evidencias ciertas. Y de la misma manera puedo no creer que la Tierra gira alrededor del sol, que el tabaco me expone al cáncer de pulmón, que el político de mi predilección prometió una cosa e hizo otra (aunque videos, audios, diversas pruebas y la propia experiencia vivida lo demuestren) o que eso que está cayendo sobre mi cabeza es granizo, aunque me esté llenando de chichones. Creer o no creer son fenómenos que están a años luz de pensar. Para quien sostiene una creencia no hacen falta pruebas, ni está dispuesto a aportarlas. Basta con creer. Y para quien descree, todas las pruebas serán insuficientes, o amañadas o, directamente, las ignorará.

CREENCIAS CONTRADICTORIAS

Para el talentoso e implacable dramaturgo y escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), autor de obras como “El retrato de Dorian Gray” y “La importancia de llamarse Ernesto”, además de verdadero azote para la mentalidad conservadora y pacata de los tiempos victorianos, “una cosa no es necesariamente cierta sólo porque un hombre muera por ella.” Y, sin embargo, las creencias llevan, y llevaron, a muchos a la muerte, perecen y perecieron aferrados a ellas aun contra todas las evidencias. Esto que, por disfunciones de la razón, suele ser visto como heroico, con frecuencia termina siendo destructivo y criminal. La historia presente y pasada abunda en ejemplos de quienes, en nombre de la vida, o de creencias religiosas que consideran sagrada a la vida, desatan guerras sangrientas, o ejecutan atentados terroristas devastadores, o militan a favor de la pena de muerte. También vemos a quienes no objetan el uso de medios innobles e injustos, como la corrupción, el latrocinio o la cleptocracia, si con esos medios se dice abogar por la justicia social en la que creen. En otro plano, una panda de fanáticos puede atentar físicamente contra un árbitro si creen que éste los perjudicó, aunque diez cámaras y centenares de fotografías muestren que no lo hizo. Y así en cada ámbito del devenir humano en el que las creencias se conviertan en ley.

“Creer es pensar algo como verdadero sin poder probarlo absolutamente”

André Comte-Sponville
Filósofo francés

En su sustancioso ensayo “La sabiduría de la inseguridad”, el filósofo y teólogo británico Alan Watts (1915-1973) hace una lúcida distinción entre fe y creencia. La creencia, explica, parte de una verdad predeterminada, que tiene una única forma y no admite otra, y solo acepta lo que se presenta bajo esa forma, excluyendo, negando y despreciando todo lo demás. En el caso de la fe, según su mirada, se intuye y acepta que hay una verdad, pero se está dispuesto a buscarla y se está a abierto a aceptarla bajo la forma en que se manifieste. Desde esta perspectiva, la creencia no admite la duda ni el disenso y produce dogmatismo y fundamentalismo. Al mismo tiempo genera una sensación de seguridad que absuelve de pensar, dudar, investigar. La fe, en cambio, abre horizontes e interrogantes, amplía la mirada y la mente y, al mismo tiempo, instala la incertidumbre (un atributo esencial de la vida) y, en cierto modo, la inseguridad. En tanto las creencias nos encierran y adormecen, la fe nos mantiene abiertos y despiertos. Una descripción del modelo mental que instalan las creencias es la que hacía el ácido humorista y comediante estadounidense George Carlin (1937-2008), célebre por sus monólogos. Advertía Carlin: “Dile a la gente que hay un hombre invisible en el cielo que creó el universo y la vasta mayoría te creerá. Diles que la pintura está fresca y tendrán que tocarla para estar seguros.”

LUZ EN LA OSCURIDAD

Las creencias funcionan como armaduras. Quienes las portan se sienten protegidos dentro de ellas, como si las ideas diferentes o las pruebas en contrario fueran lanzas amenazantes. El problema, para usar una metáfora conocida, es que, si se permanece demasiado tiempo con ellas puestas, esas armaduras terminan por oxidarse, sofocan a su portador y, llegado el momento, le impiden salir de ellas. Quien se aferra a una creencia como a un tubo de oxígeno pierde su capacidad de dudar. Y tanto la duda como los interrogantes son motores esenciales para explorar los inagotables misterios del mundo que habitamos y de nuestras mentes y nuestros corazones. Inspirado rastreador de estos misterios, en los que no temía adentrarse y de los cuales extrajo un enorme conocimiento acerca de los símbolos que atraviesan la vida humana, así como de los rincones insondables de la mente y del alma, el psicoanalista suizo Carl Jung (1875-1961) confesaba: “La palabra creencia es algo difícil para mí. No creo. Tengo que tener una razón para una cierta hipótesis”.

La razón, en efecto, ilumina donde las creencias oscurecen. Porque la razón permite evaluar, comparar, deducir, dudar, imaginar, extrapolar, inducir. Todos estos verbos se pueden resumir en uno. Pensar. Y no solo hacerlo de una manera mecánica y automática, sino pensar críticamente. Pensar y repensar. El pensamiento crítico es un don humano por excelencia. Y las grietas cavadas a partir de las creencias sofocan ese pensamiento hasta apagarlo. Como bien decía el filósofo alemán Federico Nietzsche (1844-1900), “las creencias son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras.” Lo son porque cercan a la verdad para mantenerla alejada de la convicción que se niega a las pruebas y a los argumentos. Eso hacen las grietas: fraccionan el espacio común destinado a nuestra convivencia, nos exilian en una pequeña parcela, instalan un profundo foso entre cada parcela de modo que el mundo y la vida quedan reducidos a ese pequeño espacio aislado. De allí pueden rescatarnos la razón y el pensamiento, para devolvernos a una convivencia y a una interacción enriquecedoras.

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