Hondo pesar causó el fallecimiento de María Obdulia Arrachea de Román. Siempre acompañando a su esposo y a sus hijos, supo cosechar afecto y reconocimiento en diversos ámbitos sociales e institucionales de la Ciudad.
Había nacido el 5 de septiembre de 1949 en Adolfo Gonzáles Chaves, en el seno de una familia tradicional de esa localidad agroganadera del sudeste bonaerense. Hija de Abel Arrachea y Beatriz Zabaljáuregui, fue la mayor de tres hermanos. Le siguieron Abel Angel (un destacado médico de Chaves que falleció trágicamente a edad muy prematura) y María Beatriz, profesora de Educación Física en distintas instituciones de La Plata.
María Obdulia tenía apenas 18 años cuando contrajo matrimonio con el abogado platense Abel Blas Román. Y adoptó para siempre esta Ciudad, donde formó su familia, a la que consagró todas sus energías. Con inmensa dedicación, educó a sus hijos en los valores de la honradez, la solidaridad, el esfuerzo y la disciplina. Los acompañó con constancia en sus trayectos escolares, en el deporte y en todas aquellas actividades que contribuyeran a forjar sus vocaciones.
Fue también una referencia para sus grupos de amigos, siempre con la actitud equilibrada de una madre contenedora y, a la vez, exigente.
Cultivó los valores de la discreción, la sencillez y la humildad. Le tocó acompañar a su esposo en la función pública y en la actividad política. Lo hizo siempre con ubicuidad, eludiendo cualquier protagonismo personal y sin dejarse tentar jamás por la vanidad ni la estridencia. Tejió lazos perdurables con los vecinos de su casa de La Loma, donde vivió casi treinta años. Siempre estaba atenta a las necesidades de los otros. Y trataba de ayudar, con la mayor reserva y sin esperar nada a cambio.
Madre de Luciano, Andrés, Leandro y María Dolores, tuvo diez nietos que se habían convertido en su mayor orgullo: Blas, Franco, Felipe, Catalina, Manuela, Gaspar, Santiago, Olivia, Antonia y Juan Francisco. Rodeada del amor de los suyos, acababa de cumplir los cincuenta años de matrimonio.
Con entereza y enorme valentía, quizá nutridas de sus raíces vascas, supo enfrentar duros golpes a lo largo de su vida. Quizá uno de los más fuertes haya sido la enfermedad que afectó a Leandro, el más chico de sus hijos varones, y que derivó en la amputación de su pierna izquierda cuando tenía apenas siete años. Fue, sin embargo, un pilar fundamental para la superación de aquella adversidad.
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