Vocación de servicio, compromiso y solvencia profesional caracterizaron la trayectoria de Ana Isabel Rumi, reconocida pediatra cuyo fallecimiento, ocurrido a los 65 años, causó hondo pesar en la Ciudad. Ampliamente respetada por sus valiosos aportes a la rama de la medicina adolescente, de la que fue una referente en la Región, también se destacó por su infatigable lucha por la igualdad y contra la violencia de familia y de género.
La casa de 57 entre 14 y 15 que la vio nacer el 17 de mayo de 1953 fue el escenario en el que pasó toda su vida. Sus padres, Roberto Raúl Rumi y Velia Ana María Bianchi conformaron una tradicional familia platense en la que Ana creció junto a sus hermanos, Roberto y César Oscar. Asistió a la Primaria N°8 y al colegio Liceo Víctor Mercante.
La obtención del título universitario en Medicina de la UNLP marcó el inicio de una carrera que, basada en su amplia formación en Clínica Pediátrica, así como en su charla amena, sensibilidad exquisita y gesto amable, forjó en diferentes ámbitos, desde salas de salud y hospitales públicos hasta clínicas como el Instituto Central de Medicina.
Preocupada por el futuro de los jóvenes, dedicó sus mayores esfuerzos a la rama de la medicina adolescente, de la que se convertiría en una precursora y en pos de la cual bregó sin descanso, a fin de que sea valorada con la importancia que amerita. Con ese horizonte, en el Hospital de Niños fue parte del equipo que logró el reconocimiento de la Unidad de Atención de Adolescentes y en el San Roque de Gonnet fundó y tuvo a su cargo, con especial dedicación, el consultorio de Atención Adolescente. Allí encabezó, con igual compromiso, el Comité de Violencia, desde donde se elaboraron modelos de intervención en el abordaje de las violencias familiar y de género.
De espíritu emprendedor, organizó y participó de incontables charlas, congresos, cursos y reuniones científicas relacionadas con adolescencia, crecimiento, embarazo temprano y violencia; a su vez fue parte activa de numerosos comités y entidades de la especialidad en los que volcó toda su experiencia.
Tenaz en sus convicciones, encaró cada una de estas empresas sin descuidar su actividad docente, ya sea educando a sus pacientes como a los padres de estos y a sus colegas profesionales, sobre todo a los más jóvenes, que siempre la valoraron como un ejemplo a seguir.
Tuvo tres hijos, Carolina, Marina y Nahuel, y en los últimos años disfrutó de su nuevo rol, el de abuela, junto a Juana, Bruno, Pedro y Catalina, y se conmovió el anuncio de la llegada de otra nieta.
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