Ginecóloga y obstetra; creadora de nuevas formas de recibir a los recién nacidos; cálida, de un gran sentido del humor, generosa y excelente compañera, falleció, a los 84 años, la destacada médica Paulina Rebeca Ganievich (“Pesi”).
Había nacido en La Plata el 28 de enero de 1935. Hija de padre ruso (Salomón Ganievich) y madre ucraniana (Catalina Gorrón), ambos de origen judío. Estudió la primaria en la Escuela Nº 37 y la secundaria en el Comercial “San Martín”. En su juventud bailó danzas clásicas y asistió al Centro Literario Israelita Max Nordau, donde desarrolló diversas actividades culturales, entre ellas, una formación teatral integral que continuó luego en Buenos Aires. En ese club conoció a los amigos que se volvieron entrañables para siempre.
Al provenir de una familia muy modesta, debió comenzar a trabajar a los 16 años. No obstante esa exigencia, ingresó a los 20 a la facultad de Medicina, carrera que amó toda su vida.
Una vez recibida se dedicó a la obstetricia junto a su esposo Jorge Lamas, pero lo que más le interesó fue el aspecto psicológico de la pareja y la llegada del hijo; por ello abrió, a mediados de los años 60, el primer curso interdisciplinario de psicoprofilaxis en la Argentina. Se trató de una propuesta innovadora en ese momento, pues se enseñaba anatomía, psicología, neonatología y pediatría, vínculos familiares, etc., con una instancia de ejercicios que dictaban parteras. Audaz y aguerrida, luchó contra prácticas médicas que consideraba demasiado conservadoras y fue ella también la impulsora de hacer participar a los maridos en la sala de partos, además de conseguir que el recién nacido sea recibido por un pediatra neonatolólogo y de instrumentar las técnicas respiratorias que evitan los dolores de las contracciones. Fue la creadora, asimismo, de un método de fertilidad que ayudó a numerosas parejas a convertirse en padres.
En 1975 junto a Lamas y sus dos hijos (Eduardo y Gisela) se radicó en Venezuela, donde estuvo exiliada hasta 1986. Allí, ya separada de su esposo, se especializó en psicoterapia, donde también cambió las prácticas impuestas en esa sociedad.
Tuvo una vida llena de amigos. De sus hijos nacieron cinco nietos, pero son muchos los hijos y nietos putativos que ha dejado. Hasta los 79 años trabajó doce horas por día en su consultorio y tenía una intensa vida social.
Murió como vivió, con grandeza. Y fue despedida con todo el amor que dio por su familia, amigos, pacientes y vecinos.
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