Abelardo Castillo comenzó a llevar un diario en 1954, en cuadernos manuscritos, y continuó escribiéndolo a lo largo de toda su vida. A partir de 1992 lo llevó directamente en la computadora. La imagen del creador de ficciones termina de completarse en estas páginas, en las que conviven con intensidad pareja vida y experiencia literaria. El escritor atento al oficio y a las ideas; y el hombre en su introspección íntima, con su carga de sufrimiento, amor y conciencia de finitud. Castillo esgrime una honestidad a ultranza para verse a sí mismo y para registrar sus juicios y circunstancias.
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