Pocos días antes de escribir esta columna recibí en mi buzón de correo electrónico un mensaje en el que se me anunciaba que mi cuenta de Netflix estaba bloqueada por un problema en el pago y que, si quería “reiniciar la membresía y disfrutar de programas y películas sin interrupción”, solo tenía que reingresar mis datos luego de dar un clic en el rectángulo rojo que había en el mismo mensaje. En el caso de tener una cuenta en Netflix, el tema quizás me habría preocupado. Pero no la tengo, no la tuve y no la tendré. Se trataba de una de las tantas triquiñuelas que infestan internet para robar identidades, contraseñas, información y dinero y para espiar las actividades digitales de los usuarios. De paso, era una demostración de que los delincuentes del ciberespacio disparan con perdigones. Masivamente y al azar. Con la certeza de que un buen porcentaje de incautos cae en la trampa angustiado por la posibilidad de ser excluido de algo de alguien.
Ese es el punto. El temor a quedar afuera de algo (no importa qué) que pueda estar cocinándose en internet, en celulares y en pantallas, se trate de redes sociales, foros de diferentes temas, tendencias, noticias falsas, chismes o…Netflix. En un ámbito informativo escuché decir que hoy “Netflix marca la agenda”. Esto significa que señala qué temas son importantes, de qué se habla o se debe hablar, qué cuestiones deben preocuparnos. No, por ejemplo, la salud de un amigo o familiar enfermo, el comportamiento de nuestros hijos, el futuro de nuestro trabajo, el estado de nuestros vínculos afectivos, la pregunta acerca de qué queremos para que nuestra vida sea algo más que pasar el tiempo. No. Lo que debe preocuparnos es cómo sigue “La casa de papel”, por dónde rumbeará “Stranger Things”, el final de “House of cards”, qué ocurrirá con los chicos de “Arenas movedizas” o de “Sex Education”, cómo se develarán los misterios de “Hill House”. Si no nos abocamos a eso corremos serios riesgos de no tener tema de conversación en el trabajo o en una reunión social, de no entender las charlas que nos rodean, de pasar por aburridos, de ser mirados en algunos ámbitos con un tanto de desprecio o un poco de lástima y, en fin, de sentir lo que sentiría un alienígena que despierta de pronto en este planeta. Y no son esos los riesgos peores. Hay más. Nos acecha el peligro de tener que llenar desesperadamente horas vacías de nuestras vidas, de tener que prestar atención a nuestros seres queridos y/o cercanos, de explorar respuestas a las cuestiones de todo tipo (afectivas, económicas, existenciales) que la realidad nos plantea cada día.
MENTES INVADIDAS
Durante décadas el cine, la televisión, los comics y la literatura fantasearon o especularon con invasiones extraterrestres o de seres extraños. Por ejemplo, en “El día de los trífidos”, novela clásica del inglés John Wyndham, toman la forma de plantas modificadas genéticamente, en la mítica serie “Los invasores”, de los años 60, eran aparentemente humanos, pero se los identificaba por una malformación en la mano, en “Invasión V” eran seductores bajo forma humana hasta que aparecía su horrible morfología alienígena. La colección es infinita y los títulos se multiplicaron habitualmente en épocas de turbulencia e inseguridad, como durante la Guerra Fría. Lo cierto es que el sometimiento de los humanos, la invasión de sus mentes, en este caso por vías indoloras y narcóticas, parece consumarse hoy vía Netflix y sus imitadoras y competidoras. Ya no es fantasía, ocurre.
En un ámbito informativo escuché decir que hoy “Netflix marca la agenda”
Así se ofrece una vía de escape del mundo real. La propia empresa de streaming realizó un estudio sobre lo que ya se conoce como “infidelidad digital”. Esta se produce cuando alguno de los dos miembros de una pareja sigue adelante por su cuenta con una serie cuando el otro no está disponible por algún motivo (viaja, duerme, tiene una reunión de trabajo, etcétera). El estudio de Netflix revela que el 46% de las parejas que ven juntas sus series son infieles digitales en algún momento. Un 45% de esas personas no confiesa su infidelidad y el 61% admitió que sería infiel si no tuviera temor a ser descubierto. Por fin, un 81% fue infiel más de una vez. Un 18% de las parejas estudiadas admitió haber tenido discusiones graves por esta cuestión, y para un 14% es más grave ser infiel en Netflix que en la vida real. Cuando se les preguntó qué los había llevado a la infidelidad, el 66% respondió que las series “son tan buenas que no pueden parar de verlas”.
Estas cifras deben haber inflado el ego de Netflix, sin duda. Y al mismo tiempo revelan un cuadro de situación. La socióloga Sherry Turkle, del Instituto tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus iniciales en inglés) señala en su libro “En defensa de la conversación”, que hoy cunde, sobre todo en las nuevas generaciones, lo que ella llama una fobia al vínculo real. Es decir, al encuentro, la permanencia y la construcción de espacios vinculares no virtuales, no digitales entre personas de carne y hueso. Prójimos próximos. Las pantallas ofrecen magníficos muros contra la posibilidad de ese contacto, contra la conversación cara a cara sobre temas propios y concretos, a la que Turkle considera como “el más humano de los actos”.
La investigadora se refiere también a otra patología contemporánea. El pánico al aburrimiento. Una persona aburrida puede empezar a pensar, a explorar su mundo interior, a preguntarse por sus necesidades y sus sentimientos, a mirar en perspectiva sus vínculos y la hoja de ruta de su vida. El aburrimiento puede funcionar como un pulmón verde en medio del torbellino de la vida. Podemos valernos de él, escribe Turkle, para despertar nuestra curiosidad, “usarlo para hacernos a un lado por un momento y descubrir nuevas conexiones entre conceptos e ideas”. Nos ofrece el camino lento, en el que hay que esperar, escuchar y dejar que la mente repase las cosas. Cosa imposible para una mente invadida, empachada, embotada y anestesiada por temporadas y más temporadas de series devoradas sin masticar, sin pausa.
LO PERDIDO, PERDIDO
La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross, que dedicó su vida al acompañamiento de enfermos terminales, recuerda en sus conmovedoras memorias (“La rueda de la vida”) que jamás escuchó a una persona en sus momentos finales arrepentirse de no haber visto más televisión o de no haberse enterrado más horas en el trabajo. Sí oyó, en cambio, lamentos por las horas perdidas por haber hecho exactamente lo contrario. Muchas personas quedarían estupefactas, siguiendo el testimonio de Kübler-Ross, si se detuvieran a comprobar la cantidad de horas de su vida que sustraen por mano propia para dilapidarlas en las peripecias improbables y ficticias que ofrecen las series. Horas de conversación, de descanso, de cultivar y enriquecer relaciones, de creatividad, de reflexión, de explorar el mundo cercano y preguntarse por el lejano, de experimentar vivencias de la vida real. La célebre reflexión de John Lennon según la cual “la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás haciendo otros planes”, bien podría actualizarse hoy como “la vida real es aquello que transcurre sin tu presencia mientras estás abducido o abducida por la irrealidad de la pantalla”. A diferencia de las series, los episodios de la vida real no se repiten, de manera que quien se los pierde, los pierde para siempre.
(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"
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