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María Rosa Ortega

Por Redacción

María Rosa Ortega fue una reconocida médica psiquiatra y gerontóloga de la Región, pero fundamentalmente, una mujer de férreos valores que supo sobreponerse a los golpes de la vida, por eso su partida provocó sentidas muestras tristeza entre quienes la conocieron.

Había nacido el 19 de agosto de 1945 en La Plata, fue la hija mayor de Amadeo Ortega y María Di Lorenzo y creció junto a sus hermanos Mirta, Stella - ya fallecida - y Ricardo. Cursó los estudios primarios en la Escuela N° 6 de Berisso y continuó en el Colegio Normal 2 de La Plata donde fue abanderada.

Luego empezó la carrera de obstetricia con la idea de iniciarse en medicina. Como provenía de una familia humilde, trabajó en el Frigorífico Swiff para costear su carrera. En 1980 se recibió de médica y comenzó a trabajar en el Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero, luego le otorgaron una jefatura de sala y allí se desempeñó por mas de 25 años.

También atendió consultorio y se especializó en psiquiatría y psicología médica y, tiempo después , en geriatría y gerontología.

El 17 de octubre de 1968 se casó con Néstor Alberto Muñiz, de la unión nacieron sus hijos, Néstor, Hernán, Silvina y Andrés - que falleció en 1985 -. También disfrutó de sus nietos Juan Cruz, Augusto, Fausto Muñiz García, Laureano López García, Camilo y Luisina Muñiz.

En 1993 inauguró en Berisso una clínica neuropsiquiátrica y fue directora médica de otras dos clínicas en La Plata.

En el plano institucional participó de la Sociedad de Psiquiatría Platense y de la Sociedad Argentina de Psiquiatría; fue una de las socias fundadoras de la Sociedad Platense de Geriatría y Gerontología y en dos oportunidades presidió la Sociedad Argentina de Geriatría.

Dedicada a la actividad científica, fue fuente de consulta y participó de muchos congresos de medicina, en el país y en el exterior, ya sea como participante o como disertante. Además fue docente de la carrera de asistente de Geriatría y su capacidad emprendedora solo encontró freno cuando se enfermó.

De personalidad sociable, nunca abandonó ni su buen humor, ni su perfil solidario, por eso fue habitual que llevara ropa, remedios y hasta alimentos a sus pacientes del Hospital Alejandro Korn.

También siguió de manera cercana y comprometida la evolución de sus pacientes, se preocupó de que no interrumpieran los tratamientos por cuestiones económicas y hasta les proveyó los medicamentos.

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