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Una guerra civil no declarada

Por SERGIO SINAY (*)

sergiosinay@gmail.com

La cifra, publicada en este diario el 24 de mayo pasado, es terminante. Da cuenta de 17 mil infracciones de tránsito registradas en La Plata en solamente treinta días, detectadas por cámaras ubicadas para controlar excesos de velocidad y otras transgresiones. Se ignoran la cifra de contravenciones en los lugares en que no hay cámaras. Es más que un dato estadístico. Es un síntoma social. Los hechos viales son hechos sociales, como explica Laura Lobo, capacitadora y coordinadora de programas de Educación Vial en la provincia de Santa Fe. Es que no somos unas personas cuando conducimos nuestros vehículos y otras cuando nos bajamos. De manera que bien se podría reciclar un viejo refrán para expresarlo así: “dime cómo manejas y te diré cómo vives”.

“Cómo vives” puede traducirse, a su vez, en estos términos: cómo convives, cómo actúas en tanto miembro de una comunidad, cómo cuidas el hábitat compartido, cuál es tu actitud ante las reglas, normas y leyes creadas para permitir y armonizar la convivencia social. Si bien La Plata tiene un récord luctuoso (130 muertos en accidentes de tránsito en 2018), no se trata de un problema local, sino nacional. Si se toma en cuenta que, de acuerdo con datos de la Asociación Civil Luchemos por la Vida, el año pasado 7.274 personas perdieron la vida en calles y rutas del país, podría llegarse a una conclusión estremecedora. Durante los 15 años que duró la Guerra de Vietnam, Estados Unidos tuvo 58 mil soldados muertos. En ese mismo lapso, con las cifras actuales, en Argentina podría haber 109.110 víctimas fatales en hechos viales.

SÍMBOLOS Y SEÑALES

Mientras los soldados estadounidenses eran abatidos por tropas vietnamesas, los muertos en las rutas argentinas lo son a manos de compatriotas. Una suerte de tenebrosa guerra civil, en la cual las armas no tienen gatillos sino volantes y ruedas. Y no se puede decir que las víctimas caigan defendiendo una causa. Simplemente los siega la imprudencia, la irresponsabilidad, el desprecio por la propia vida y por la vida ajena (así sea la de seres queridos a quienes se lleva como acompañantes durante las transgresiones). E incluso puede agregarse el pecado de soberbia, disfrazado bajo la creencia de que “a mí no me va a pasar, esas cosas les ocurren a otros, a los que no saben manejar, a los giles que se atienen a las normas, a las reglas, a las leyes, a los que reconocen y respetan los límites”.

Como bien señala Lobo en un texto que tituló “Reflexiones sobre educación vial”, el tema va más allá de calles, rutas, reglas y autos. “Las prácticas viales, advierte, sólo pueden vincularse con un grupo, una historia y construcción particular de ese grupo, y de su forma de vincularse, especialmente en los espacios comunes, es el ´ser argentino´”. En el espacio vial, según esta especialista, se manifiesta una dimensión negada de nuestras conductas, una dimensión que ocultamos, o que no aparece, en nuestros discursos y en los relatos que producimos acerca de nosotros mismos, de nuestra manera de ser y de actuar, pero que, en la calle, resulta inocultable. Sin caretas.

Una prueba de esta cuestionable habilidad para la disociación la obtuvo Pablo Wright, doctor en Antropología e investigador del Conicet, que se aboca a lo que denomina “antropología vial” desde que conformó, en 2004, el equipo Culturalia (integrado por sociólogos, educadores, antropólogos y otros profesionales). El objetivo fue estudiar las conductas callejeras, la observación o incumplimiento de las normas, las conductas según los géneros y las edades. Una conclusión interesante de esa tarea es la aberrante confusión que existe en el país entre símbolos y señales. Una señal indica, informa, avisa, orienta, prohíbe o permite. Lo hace de manera taxativa, que no admite discusión. Y puede expresarse mediante un dibujo, un signo, un gesto o cualquier otro recurso sobre cuyo significado hay un acuerdo previo, tanto tácito como explícito, que lo hace inteligible. En el tema tránsito un circulo rojo sobre fondo blanco cruzado en diagonal por una línea roja significa prohibido estacionar. Un cartel rojo con letras en blanco que dicen “pare” indica que hay que detenerse. Un número en negro dentro de un círculo rojo sobre blanco indica la velocidad máxima. El dibujo de un ciclista o un animal cruzado por una línea significa que en esa autopista o ruta ni bicicletas ni animales pueden circular. Son señales claras, que el nivel alcanzado por el desarrollo del cerebro humano (lóbulos frontales y neocórtex) permite que sean entendidas por cualquier miembro de la especie a partir de una edad temprana.

Un símbolo, contrariamente a una señal, es una interpretación. El significado que se le atribuye no está en el texto, en el dibujo, en la imagen, o en el relato en que se lo detecta. Es un disparador que se abre a múltiples significados. Una prueba es el símbolo del yin-yang, que da lugar a la interpretación filosófica de la integración de los opuestos, de la dualidad de lo real, de las polaridades que conforman el universo. Una cruz en la pared de un templo es un símbolo, encierra historia, creencias, una teología. Los símbolos encierran interpretaciones compartidas colectivamente y también personales e intransferibles. No son unívocos. Las señales, en cambio, lo son. No pueden significar más de una cosa, pues incitarían a confusión. Las señales ordenan el funcionamiento del mundo. La señal de “pare” indica parar, la de no estacionar tiene un único significado y la de límite de velocidad no está abierta a interpretaciones. Como no lo están los colores del semáforo. Un pañuelo verde es hoy un símbolo, pero no lo fue siempre. El verde del semáforo es una señal que siempre significó lo mismo.

EL CAMPEONATO INDESEADO

En la Argentina, ha señalado reiteradamente Wright, las señales de tránsito se toman como símbolos. Cada uno las interpreta a su manera y convierte esa interpretación en su propia ley. No estacionar es para los otros, no para mí. El límite de velocidad es para los cobardes, no para mí que soy un valiente. La luz roja dice que si no viene nadie o si yo llego antes que quien tiene luz verde, puedo pasar. Estas conductas no solo se verifican al mando de un auto. Incluye a automovilistas, colectiveros, camioneros, motociclistas, ciclistas y peatones, dado que cada uno interpreta las señales a su manera y a su turno. Parece ser, tristemente, una de las pocas cosas en que la mayoría de los argentinos coincide. Y a un alto costo. Un relevamiento realizado cuatro años atrás por el Foro Internacional del Transporte (FIT) en 38 países de todos los continentes mostraba a la Argentina ocupando el primer lugar en muertes en calles y rutas. Un Campeonato Mundial que nadie quisiera ganar.

Las 17 mil infracciones en un mes detectadas por las cámaras en La Plata son el caldo en el que se cuecen lentamente cifras peores, cifras de muerte. “Tenemos que educar a los chicos y reeducar a los grandes”, señaló en su momento Pablo Wright. “Generar una conciencia ciudadana vial que no va desconectada de otras cuestiones sociales”. De alguna manera educación vial es también educación social y educación moral. La tarea con los chicos se viene realizando y acaso su fruto sean próximas generaciones más responsables y conscientes. Mientras tanto, son los adultos quienes hablan de nuestra sociedad tanto en la calle como en la vida.

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

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