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1984, vale decir hoy

Por SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

En la muy fría isla de Jura (Escocia), donde solía pescar langosta, un hombre desgarbado y de salud frágil terminaba de escribir, hacia fines de 1948, una novela que, convertida en clásico, daría cuenta, con escalofriante lucidez, de los tiempos por venir. Era inglés, aunque había nacido en la India, y se llamaba Eric Arthur Blair. Sin embargo, tanto entonces como hoy sería conocido como George Orwell. Aquella novela, estremecedora entonces y de poderosa vigencia hoy, es “1984”. Orwell eligió el título para advertir, de una manera irónica y sutil, que narraba la época en la que escribía. Como su novela era una distopía (historia que se desarrolla en un tiempo incierto y que plantea, al contrario de la utopía, una sociedad disfuncional y tenebrosa) 1984 significaba, por simple transposición numérica, 1948.

La primera edición de la obra, que inicialmente se iba a titular “El último hombre en Europa”, apareció el 9 de junio de 1949, hace este mes setenta años, simultáneamente en Gran Bretaña y Estados Unidos. Se agotó rápidamente e iniciaría entonces una carrera de reimpresiones y nuevas ediciones que continúa hoy. Millones de personas, de distintas generaciones, la leyeron desde entonces en decenas de idiomas en todo el mundo. Orwell había tocado una tecla esencial en el inconsciente colectivo. Hablando de su época, se había adelantado en el tiempo. No solo veía con implacable lucidez lo que ocurría en el mundo en que vivía, sino que había captado lo medular del futuro.

UNA MIRADA DESDE EL HORROR

En 1948 Europa estaba devastada tras la más espantosa guerra de la historia, y el resto del mundo, a diferentes distancias y por diferentes motivos, se veía también afectado. La humanidad en su conjunto se había asomado como nunca al precipicio de un horror y una crueldad hasta entonces inimaginable, pero desde entonces posible. Orwell, un hombre de izquierda y de ideales humanistas que había luchado por la República en la guerra civil española, era presa no solo de una virulenta tuberculosis que acabaría con su vida en 1950 (a los 47 años), sino de un amargo y certero pesimismo. El tema de su novela le fue inspirado por la deriva de la Unión Soviética y la traición y perversión de las esperanzas de un mundo mejor que había proclamado la revolución bolchevique de 1917. Veía aquello convertido en un estado totalitario conducido con mano de hierro por la nomenklatura que lideraba Josef Stalin, a quien por sumisión o por convencimiento las masas llamaban “Papá” (el infantilismo de las masas, su ausencia de memoria y su facilidad para ser cooptadas por el populista de turno se verían confirmados y reforzados por doquier una y otra vez desde entonces hasta hoy).

Orwell murió demasiado pronto y demasiado joven. Pero alcanzó a dejar una rica obra

Orwell captó de qué manera el autoritarismo, ligado a figuras mesiánicas, puede acabar no solo con la libertad física de las personas sino, peor aún, con su libertad mental, con su capacidad de razonar. Eso encendió su novela. En “1984”, en una Inglaterra del futuro integrada al imperio de Oceanía, la población se divide en tres grupos. Los miembros del partido único gobernante (el Consejo), la burocracia estatal (considerada externa al partido) y los plebeyos, una masa marginal, que vive en la marginación y el terror. En la cumbre de la pirámide está el Gran Hermano, dirigente supremo al que se rinde pleitesía, quien se muestra como omnipresente y omnisapiente y al que solo se conoce por la voz o por imágenes. Todos los habitantes, independientemente del grupo de pertenencia, están sometidos a una vigilancia permanente, absoluta, ineludible y agobiante. Hay cámaras en todas partes, incluso en los hogares. A todos se les exige fidelidad, adhesión y fanatismo por la causa nacional. Todos viven con temor, se denuncian y vigilan entre sí, incluso dentro de las familias. Además de Oceanía existen otras dos potencias en el planeta. Eurasia (que abarca la Unión Soviética y el resto de Europa, excepto Inglaterra e Irlanda) y Estasia (China, Japón y Corea). La disputa entre las potencias por los territorios es permanente, la guerra es un estado natural, el odio al enemigo una incitación constante, aun cuando nunca se lo vea. La creación de un enemigo, percibía Orwell, es condición necesaria para los populismos y autoritarismos.

En la Inglaterra oceánica de la novela existen solo cuatro ministerios. El de la Paz (dedicado a fomentar y conducir la guerra), el de la Verdad (que esparce continuamente propaganda mentirosa), el del Amor (que persigue y tortura a los designados infieles o enemigos) y el de la Abundancia (que gestiona racionamientos debido a la acentuada escasez de alimentos y bienes). La denominación es producto de la “neolengua”, lenguaje oficial imperante que trastoca todos los significados. En esa sociedad el protagonista de la novela, Winston Smith, un oscuro empleado del ministerio de la Verdad, percibe la monstruosa mentira que es la vida en Oceanía, se enamora de Julia, una contestataria que también ve la realidad, y juntos se unen a la Hermandad, una organización rebelde que propone luchar contra el sistema. Finalmente descubrirán de manera dolorosa y trágica que la Hermandad es simplemente un instrumento del Partido para detectar y eliminar “subversivos”, es decir personas que, al quitarse el velo del miedo y encender el pensamiento propio, son peligrosas para el sistema. Este sobrevive, sólido e inamovible, y prevalecen sus tres consignas centrales: Paz es guerra, Libertad es esclavitud e Ignorancia es fuerza.

EN ESO ESTAMOS

A setenta años de la publicación de la novela, y casi otro tanto de la muerte de Orwell, una mirada atenta puede detectar las razones de la vigencia de esta obra y del continuo interés de nuevas camadas de lectores. Es totalmente explicable en un mundo en el que los populismos tanto de derecha como de izquierda se esparcen como una plaga sombría, en el que los habitantes de las ciudades viven bajo la continua mirada de cámaras que supuestamente les garantizan seguridad (pero en verdad los controlan), en la que a través de las redes sociales todo el mundo espía a todo el mundo o se exhibe impúdicamente sin la menor noción de intimidad entregando toda la información sobre sí mismo, y en donde en la televisión un programa llamado Gran Hermano (título que solo pudo haber pergeñado un perverso o un ignorante del significado de la obra de Orwell) capta a miles de personas que, sin otra cosa que hacer en sus vidas, se dedican a fisgonear el vacío existencial de quienes se encierran voluntariamente en una casa para desnudar sus miserias.

Orwell murió demasiado pronto y demasiado joven. Alcanzó, sin embargo, a dejar una rica obra en la que se destacan también su novela “Rebelión en la granja” (feroz ironía sobre el comunismo “real”), “La hija del reverendo”, los ensayos de “Disparando al elefante”, testimonios como “Recuerdos de la guerra de España” y “Escritor en guerra”. Y, sobre todo, dejó esa gran novela que, como todos los clásicos, habla siempre en tiempo presente, se la lea cuando se la leyese. Aún en este tiempo, en el que, como dice el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, no es necesaria la mano de hierro, porque en lugar de escapar del Gran Hermano la sociedad se entrega voluntariamente a él.

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

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