Queridos hermanos y hermanas.
“Por el silencio, los fieles… son asociados más íntimamente al misterio que se celebra, gracias a aquella disposición interior que nace de la Palabra de Dios escuchada” (Instr. Musicam sacram, 17).
Por su parte, la Ordenación General del Misal afirma: “También como parte de la celebración debe guardarse a su tiempo un silencio sagrado. Su naturaleza depende del momento en que se guarda en cada celebración. Así, en el acto penitencial y después de la invitación a orar, todos se recogen interiormente; después de la lectura o la homilía, meditan brevemente lo escuchado; después de la Comunión, alaban y oran a Dios en su corazón. Ya antes de la celebración guárdese un respetuoso silencio en la iglesia, en la sacristía y lugares adyacentes, para que todos puedan prepararse a la celebración devota y religiosamente” (45)
Cuando los cristianos tienen conciencia de la dimensión sagrada de la celebración de la Misa, no han de esforzarse ni incomodarse por ese silencio lógico en orden a una preparación propia y de los demás.
San Juan de la Cruz dice: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (Dichos de Luz y Amor, Puntos de Amor, 21).
“La capacidad de interioridad, una mayor apertura del espíritu, un estilo de vida que sepa sustraerse a lo que es ruidoso e invasivo, deben volver a parecernos metas que colocar entre nuestras prioridades”
Debemos reconocer que, lamentablemente, en la actualidad hay un exceso inútil de palabras en la vida social, que sólo conduce a confundir además de aturdir. La sagrada Liturgia mantiene los tiempos de silencio activo, en que debe predominar la escucha y la apertura a Dios que se manifiesta a su Iglesia. No puede haber oración a Dios si previamente no hay una escucha atenta a su Palabra.
No sólo en la Liturgia deben valorarse los momentos de silencio sino también en el mismo ámbito del templo, que no es un lugar para saludos mundanos ni para conversaciones inútiles, sino un espacio sagrado que necesita recuperar el clima de silencio.
“La capacidad de interioridad, una mayor apertura del espíritu, un estilo de vida que sepa sustraerse a lo que es ruidoso e invasivo, deben volver a parecernos metas que colocar entre nuestras prioridades. En san Pablo encontramos la exhortación a reforzarse en el hombre interior: Que Dios Padre se digne fortificarlos por medio de su Espíritu, conforme a la riqueza de su gloria, para que crezca en ustedes el hombre interior (Ef 3, 16). Seamos honrados, hoy hay una hipertrofia del hombre exterior y un debilitamiento preocupante de su energía interior” (Benedicto XVI).
Los cristianos que participan activamente de la celebración de la Misa han de tener en cuenta que el silencio litúrgico no es ausencia de ruidos y palabras, ni es pasividad y tampoco indiferencia. Cada tiempo de silencio sagrado es presencia, acogida, reflexión, resonancia, asimilación, interiorización del misterio, espacio de libertad para que actúe el Espíritu de Dios. Desde y en el silencio se puede escuchar y del silencio brotan los mejores sentimientos y las palabras más elocuentes. Por todo esto se nos invita al silencio, para que sepamos escuchar y para que podamos decir nuestra palabra desde lo más profundo de nuestro ser de varones y mujeres de fe en camino hacia la Vida.
El silencio es necesario y el ritmo de la celebración exige serenidad. Entonces el culto a Dios también es renovada entrega al Creador.
(*) Monseñor
SUSCRIBITE a esta promo especial