Educadora de fuste; con una amplia formación disciplinar, pues tomó la enseñanza especial a la que se dedicó desde distintos ángulos; respetada docente universitaria; admirada por sus colegas y amigos, falleció la psicopedagoga y psicóloga Ana María Tittarelli.
Había nacido el 21 de octubre de 1942 en La Plata, fruto de la unión de Manuel Tittarelli y María Chiarella. Cumplió la educación primaria en la Escuela 5, donde su padre era director; y la secundaria en el colegio Mary O´Graham. Egresó del tradicional establecimiento de Plaza Moreno con el título de maestra y a partir de entonces, identificada quizás con la vocación paterna, desarrolló una trayectoria destacada dentro del quehacer pedagógico.
Con una gran facilidad para el estudio y una particular afición por imbuirse de saberes, siempre en la búsqueda de satisfacer sus incontables inquietudes intelectuales, realizó una doble trayectoria académica, primero como psicopedagoga en el Instituto de Formación Docente de la calle 2 entre 44 y 45 y luego como psicóloga en la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.
Así como se caracterizó por un temperamento firme y aguerrido era dueña, a la vez, de un espíritu sensible, el que volcó, con sumo entusiasmo, a la enseñanza especial. Fue durante largos años maestra en la Escuela 515, a la que concurren jóvenes ciegos y disminuidos visuales. En esa institución situada en Gonnet llegó a ser directora. A nivel ministerial alcanzó la máxima jerarquía de carrera en la línea de autoridades, pues culminó ese trayecto laboral como inspectora de la rama.
De forma paralela, fue profesora adjunta de la cátedra de Fundamentos, Técnicas e Instrumentos de Exploración Psicológica I en la licenciatura en Psicología de la UNLP.
Se había casado con Jorge Rocheteau -también educador-. Con él tuvo dos hijos, Leonardo (psicólogo) y Marina (psicóloga laboral). Fue una esposa y madre amorosa y con el tiempo, en su rol de abuela, mostró esa misma afectuosidad hacia sus tres nietos, Luciano, Joaquina y Julia.
Además de su familia, por la que sentía una singular devoción, y de su apasionamiento en la enseñanza de chicos con discapacidades, tuvo otras dos fuertes inclinaciones: hacia la UCR (militó en la sección Segunda de la Ciudad) y hacia Estudiantes, club del que fue fanática y cuyo fervor logró transmitir a sus descendientes.
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