Profesor de varias generaciones de músicos y destacado percusionista, el fallecimiento de Ernesto Ringer fue una sentida pérdida para quienes lo respetaron y apreciaron por su trayectoria artística, por su generosidad y calidez.
Hijo de Sigfrido Ringer y Jenny Gnessin, había nacido el 25 de mayo de 1934 en Viena, Austria. En abril de 1938 llegó a la Argentina junto a su madre para reencontrarse con su padre.
La familia se radicó en Quilmes y, bajo las enseñanzas de su padre, que también se destacó en la percusión y en la dirección orquestal, inició sus primeros conocimientos en percusión. A la par, desde muy joven, comenzó su carrera como cantante lírico con el registro de bajo.
Se formó además bajo la supervisión del maestro Gianni Rinaldi y se perfeccionó con figuras de la talla de Renato Césare.
Tuvo excelentes críticas por sus apariciones en óperas como ”El Matrero”, “Rigoletto” o “La Traviata”, entre otras. Además fueron valoradas sus actuaciones en el teatro Marconi de Buenos Aires, Teatro Argentino y Teatro Colón de Quilmes.
Ringer integró y dirigió la orquesta “Leonardo Gay” de Quilmes y formó parte del grupo de percusión Yepes. Completó sus conocimientos de dirección orquestal con Pedro Ignacio Calderón.
Su formación artística le permitió ser un referente de la música argentina e internacional y se destacó como solista del teatro Argentino, Teatro Colón, Orquesta Sinfónica Nacional, entre otros. También fue profesor de percusión en el Conservatorio de Música Gilardo Gilardi.
Entre sus recuerdos atesoraba su participación en la película “Me lo contó Buenos Aires”, en la que actuó junto a su cuñado Mario Mancuso.
En 1958 contrajo matrimonio con Rosa María Angélica Mancuso. De la unión nació su hijo Leonardo “Leo” Ringer, continuador de esa gran familia de artistas. Su felicidad aumentó con los nacimientos de sus nietos Lisandro y Lara, por los que sentía verdadera adoración.
Ernesto Ringer fue un viajero del mundo y lo hizo cada vez que pudo, impulsado por placer o por su agenda profesional. Sus ausencias solían ser prolongadas, pero nunca descuidaba el periódico contacto con su familia. En esas charlas solía ser un cautivante relator de anécdotas y experiencias.
Su formación artística, sus viajes, el conocimiento de siete idiomas y esa curiosidad permanente, hicieron de Ernesto un hombre de gran cultura general.
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