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SERGIO SINAY
Por SERGIO SINAY
La Argentina es un país de fiscales y jueces. Ante cualquier hecho que sea público, perturbador y convulsivo, una masa crítica de la sociedad sale de inmediato a buscar culpables, enjuiciarlos y condenarlos. Hay una propensión colectiva a sentirse capaces de tirar la primera piedra, estableciendo así una especie de superioridad moral. Sin duda el conmovedor y horroroso crimen de Villa Gesell, cometido por una manada de diez jugadores de rugby que asesinaron de una manera cobarde a un muchacho que tomaba un helado en la calle, pide a gritos la aplicación de una máxima condena, que no se vea opacada por manipulaciones y connivencias del poder social, político y económico con la justicia, como suele ocurrir.
Más allá de que los asesinos tengan nombre y apellido y fueran velozmente apresados, las “fiscalías” populares y mediáticas no tardaron en cargar culpas sobre los factores que facilitaron el asesinato. En la lista aparecieron el alcohol, el rugby y sus códigos machistas, la clase social de los criminales, la indiferencia estatal ante la creciente violencia social, los boliches, y hasta la propia Villa Gesell como escenario de por sí inspirador para estas aberraciones.
En cuanto se los analice con detenimiento se encontrarán motivos para achacar una cuota parte de responsabilidad a cada uno de esos factores. La publicidad y el consumo de alcohol en la Argentina se han descarriado (la SEDRONAR acaba de considerarlo la principal adicción que padece nuestra sociedad), la incitación marketinera operando sobre el mercado juvenil es aberrante y desembozada y, ya sin escrúpulos, empapa el mundo del deporte, en donde no debiera existir. El rugby mantiene un relato sobre valores y actitudes que en algún tiempo honró, pero que cada vez se condice menos con las conductas de sus cultores, y parece haberse convertido en territorio de aprendizaje y ejercicio de un machismo depredador. En una sociedad que semeja una fábrica de pobres (gobierne quien gobierne) la pertenencia a clases sociales a salvo del naufragio parece conceder a menudo un poder y una impunidad que se exhiben obscenamente. Por negligencia, indiferencia, y en muchos casos complicidad tanto ejecutiva como legislativa y judicial, el Estado mira hacia otro lado en cuanto a la violencia en general y a la nocturna en particular, puesto que la industria de la noche es poderosa en materia de lobby. Como en el caso del alcohol, en el negocio de los boliches el fin económico justifica los medios, los clientes y consumidores son frutas para exprimir hasta la última gota y, en general, no hay cuidado ni respeto por ellos. Y en cuanto a Villa Gesell, lo que comenzó hace más de medio siglo como un escenario de bohemia viró hasta convertirse en un territorio de permisividad sin límites, estimulada e inducida, en el que propios y extraños cazan temporada tras temporada a mano suelta (ni las crisis económicas llevaron a una reflexión y cambio); hoy aparecen los costos ocultos de ese proceso.
En efecto, como se ve, en cada factor señalado hay motivos para que este sea incluido como ingrediente del caldo en el que se cocinó el asesinato espantoso de Fernando Báez Sosa (otra vida suprimida en un país donde pareciera que la vida no vale nada). Pero hay una cuestión de la que se ha hablado poco y nada, y que desde hace ya largo tiempo viene operando para que las tragedias y crímenes que involucran a jóvenes, sea como víctimas o como victimarios, se hayan convertido en cosa de todos los días. Ese factor es la dolosa y masiva deserción paterna de sus funciones de liderazgo moral y educativo, educación emocional, transmisión de modelos de vínculos basados en el respeto hacia el otro y traspaso de estilos de vida preñados de sentido existencial.
El Estado mira hacia otro lado en cuanto a la violencia en general y la nocturna en particular
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La argentina es una sociedad de hijos huérfanos con padres vivos. Y esa es la peor orfandad que un ser en desarrollo puede sufrir. La funcional. La muerte física de los padres es dolorosa y deja cicatrices eternas, especialmente cuando se produce en una edad temprana. Pero aun así la presencia de adultos amorosos y empáticos puede ayudar a la construcción de una identidad madura y a una vida fecunda. La orfandad funcional, en cambio, deja a los individuos a la deriva, sin brújula, sin límites orientadores, sin vectores éticos y conductuales, en una perenne inmadurez psíquica. Padres que se postulan como “amigos” de sus hijos abandonando su función esencial. Padres que creen que su tarea termina en el aporte económico (cuanto más cuantioso mejor). Padres que apoyan, justifican y excusan a sus hijos cuando estos transgreden normas, desafían a la autoridad e incumplen sus deberes. Padres que, en lugar de asociarse a los docentes responsables de la instrucción de sus hijos, los agreden física o verbalmente. Padres que ante sus hijos se vanaglorian de sus propios incumplimientos de deberes, de su propia falta de respeto a los semejantes, de sus propias transgresiones en las rutas, en las calles y en la vida. Padres que remplazan coraje moral por machismo explícito. Padres que se declaran súbditos de sus hijos entonando la lamentable frase “No sé qué hacer con él (o ella)”. Padres que avalan el consumo de alcohol en las previas, las permiten en sus propias casas y se justifican con palabras tan irresponsables como “Prefiero que tome acá y no en otro lado”. Padres convencidos de que su función es complacer a los hijos en lugar de guiarlos o limitarlos saludablemente, aunque esto frustre a los “retoños”, porque en muchas ocasiones frustrar a los hijos es amarlos, cuidarlos y darles herramientas para conducirse en la vida cuando estén en edad de ser autónomos. Padres que avalan y fomentan adolescencias eternas, cobijando adultos que no crecen ni maduran jamás, convirtiendo las relaciones familiares en fermentos tóxicos. Padres que no respaldan con sus actitudes y conductas los valores que dicen tener. Padres que temen la mala cara o el mal humor de los hijos y para evitarlos no ponen límites ni normas abandonando sus funciones y responsabilidades, como si su misión fuera la de un clown que debe entretener y divertir sin pausa al heredero. Padres que delegan sus funciones indelegables en docentes, funcionarios, dueños de boliches, proveedores de alcohol y droga o niñeras electrónicas (como son los celulares, internet, las redes sociales). Padres que actúan de alguna de estas maneras, o de todas, son los que producen y extienden la orfandad funcional.
Lo que se espera del padre es un referente en la búsqueda del sentido de la vida y que dé testimonio con su propia manera de vivir, dice el psicoanalista italiano Massimo Recalcati en su extraordinario e imprescindible libro “El complejo de Telémaco”. El hijo de hoy ya no quiere matar simbólicamente al padre para crecer (tema del psicoanálitico complejo de Edipo), porque no hay padre a quien matar. Como Telémaco (descendiente de Ulises, protagonista de “La Odisea”, el inmortal poema épico del gran Homero), el hijo de hoy espera ansiosa y desesperadamente el regreso de su padre porque en la ausencia de este todo es desorden, crimen y devastación en el reino de Itaca. Los huérfanos funcionales de hoy, en ausencia de sus padres vivos, pueden fácilmente vivir vidas vacías y convertirse en terribles asesinos. Pasa en las mejores familias.
(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"
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