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Mirta Rubinstein

Por Redacción

Sentidas muestras de pesar causó la muerte de Mirta Rubinstein, psicóloga infantil reconocida en los círculos de salud mental platenses. Y es que más allá de la excelencia de su labor y de la entrega que le imprimió a la práctica de la profesión fue una persona que se destacó por una vigorosa empatía, una preocupación permanente por el bienestar de los suyos y una facilidad singular para establecer fuertes vínculos sociales.

Había nacido en esta ciudad el 15 de octubre de 1942. Hija de inmigrantes (su padre era ruso y su madre lituana), tuvo dos hermanos, Clarita y “Beto”. Como era habitual en esas generaciones de platenses, cursó por completo los primeros estudios en el Normal Nº 1 “Mary O´Graham”, desde el jardín de infantes hasta recibirse de maestra.

Siguió la carrera de Psicología en la Universidad Nacional de La Plata y luego de graduarse permaneció en esas aulas unos años como ayudante en la cátedra de Estadística.

Preocupada en las necesidades de la infancia, se dedicó a atender los trastornos de aprendizaje en la niñez y fue tal el interés que le despertó la especialidad que promovió la implementación de gabinetes psicopedagógicos en la enseñanza inicial, un vacío hasta entonces en la estructura de la educación formal.

Trabajó con los equipos de interdisciplinarios en distintas instituciones, como en el Jardín de Infantes Nº 1 de Berisso.

En 1964 ingresó a la planta del Hospital de Niños de La Plata, concretamente al área que por entonces era el servicio de Neurología y Psiquiatría. En ese ámbito del centro pediátrico cumplió una larga trayectoria.

Asimismo, dictó cursos de capacitación para docentes.

Con el médico Jorge Martín (fallecido hace algunos años) tuvo a María Victoria. Como la mayoría de las madres, se caracterizó por entregarse a ella en cuerpo y alma, pero un rasgo la hizo más particular en ese sentido: supo acompañar las experiencias de su hija transmitiéndole la tranquilidad necesaria para encarar cualquier circunstancia.

Disfrutaba a pleno de sus amigas de siempre y de compartir con ellas una mesa en la confitería París después de una función de cine; también la lectura estaba entre sus principales pasatiempos, con la participación muy activa, incluso, en talleres literarios.

Fue una abuela divertida, de esas que viven pensando en cómo entretener a sus nietos, y con esas maneras joviales y alegres la recordarán seguramente Renata y Manuela.

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