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La historia de superación de una nena platense que conmovió a todo el país

Rosita cappelletti

Por Redacción

Esfuerzo, sacrificio, humildad y dedicación. Y todo concentrado en una sola persona. La historia de Rosita Cappelletti se conoció en La Plata allá por el 2012 cuando ella tenía apenas 11 años de edad. De lunes a viernes, pese a que su casa estaba en medio del campo, a la altura de las calles 122 y 670, por Villa Garibaldi, aquella chiquita recorría enormes distancias en bicicleta para llegar a su escuela de Villa Montoro. No se perdía una clase y tenía el mejor promedio: 10/10.

Acostumbrada a las privaciones, tanto que en su humilde morada ni siquiera contaban con energía eléctrica, nunca dejó de estudiar. Si le

tocaba a la noche, era a la luz de las velas. Nada la corrió de eje. Por eso todos la citaban de ejemplo. Y era motivo de orgullo para sus padres y nueve hermanos.

Sencilla y generosa, la gente se conmovió, pero también se movilizó en su ayuda. Por eso la familia de Rosita no tardó en obtener el suministro eléctrico.

También llegaron una beca de estudios y otra para aprender danzas, una de sus dos pasiones. Le regalaron una biblioteca de Historia -su otra debilidad-, de un valor incalculable. Niñas de otra escuela le compraron una bicicleta mejor y no pararon de lloverle muestras de afecto y de cariño, expresadas en decenas de cartas con origen en distintos lugares del país.

DINERO, NO

Muchos le ofrecieron subsidios a la familia Cappelletti, pero no aceptaban dinero, comentaron una y otra vez en el colegio. Solo aceptaron aquello que podía mejorar la educación de la niña, su calidad de vida y, por extensión, la de sus numerosos hermanos.

Eran tiempos difíciles. A lo largo del camino de tierra que Rosita transitaba diariamente para ir al colegio, los postes de luz iban enmarcando la calle -convertida en fango puro tras la lluvia de la noche anterior- hasta la tranquera del terreno.

El hogar de la familia Cappelletti era una típica casa de campo, antigua y recibida por herencia familiar.

El padre de Rosita trabajaba para su hermano “ordeñando vacas a mano” y “haciendo changas, porque si no, no alcanza”, explicaba.

En el aula, la pequeña se sentaba siempre en el primer banco. Un banco que nunca estaba vacío. ¿Por qué a Rosita le gustaba tanto la escuela? “Acá me siento segura. Sé que las maestras me van a ayudar a dar un paso más en el estudio”, decía en voz muy bajita para pasar desapercibida. Como le gustaba.

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