La casa era amplia y tenebrosa. La galería estaba cubierta por postigos que impedían el pasaje de los rayos solares. El único lugar iluminado era el comedor. Por la ventana, a través de unas tenues cortinas, yo podía ver más allá: el movimiento de la calle, los autos y las personas que nunca se detenían a mirarme.
De vez en cuando escuchaba la sirena de los bomberos o los lejanos ladridos de un perro. Nadie venía a visitarme y cada vez me sentía más solo entre la humedad unánime de la estancia. Miraba los viejos retratos en las paredes gastadas, y recordaba con nostalgia escenas del pasado. Las noticias del mundo me llegaban a través de esas tenues cortinas.
Todos los días transcurrían iguales. Nunca salía de la casa.
Hasta que la demolieron.
Texto Marco Andrés Quelas
Foto Leandro Pacheco
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