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S. Palacios, M. Romero, D. Príncipi y M. Penas (*)
La Argentina durante los últimos 45 años ha sufrido un constante deterioro cultural y económico que ha impactado en la educación y comportamiento de sus habitantes. Es innegable el aporte (negativo) realizado por los responsables de la última irrupción del orden constitucional (dictadura 1976-1983). A partir de su fin, palabras como orden, norma, autoridad y disciplina se transformaron en vocablos reservados a los “golpistas” de los 80, los “neoliberales” de los 90, “fachos”, “gorilas” y otros tantos apodos creados para descalificar a personas que, con la lucidez de los “viejos” valores, advertían que esto nos conduciría más tarde o temprano a la anomía. Cabe recordar que las normas las planteamos nosotros mismos por intermedio de nuestros representantes y las tomamos como válidas para, en definitiva, poder todos convivir en paz y en forma organizada en una sociedad.
La otra cara de la moneda que se fue gestando es el creciente desafío al cumplimiento de las normas dictadas por gobiernos que, según los mismos votantes al otro día haber ido a sufragar, eran corruptos o represores o entreguistas. El pueblo aprendió muy rápidamente a cuestionar, primero, la razonabilidad de la norma y, luego, lógicamente su validez. Entonces llegamos al día de hoy, donde cada uno de los ciudadanos está convencido que tiene la capacidad tanto intelectual como la legitimidad moral para realizar su propia evaluación de la situación concreta y así decidir sí cumple o no la norma. La norma rara vez es coherente según la justificación de los incumplidores seriales.
Es entonces que en las ciudades debemos conducir nuestros autos previendo que alguna moto o bicicleta no respete un semáforo en rojo o aparezca en contra mano sin ningún tipo de remordimiento personal y/o advertencia/sanción por parte del estado; peatones que cruzan con luz roja; interminables dobles filas a la salida de los colegios; escupidas impunes a policías; senadores y/o diputados que no sesionan más de tres veces por año; y así podríamos seguir enumerando las continuas desobediencias o incumplimiento de las normas que, como ya se ha dicho, nosotros mismos fijamos para convivir en paz en sociedad. Esta propensión a “revisar” constantemente la razonabilidad y validez de las leyes es –lamentablemente- una la conductas más “reconocidas” en nuestros conciudadanos a nivel mundial.
Como siempre ocurre en nuestro país, una crisis global se suma para extremar la gravedad de las propias, estructurales y coyunturales. En esta ocasión irrumpe un virus que escaló al grado de pandemia: el COVID-19. Y en pocos días nos vemos obligados a volver a utilizar las “malas palabras” que durante años nos enseñaron a denigrar o directamente a negar. Debemos cumplir estrictamente las normas que se fijaron al disponerse una dura cuarentena, porque sería –en principio- la única herramienta urgente y general para prevenir la grave amenaza. Deberíamos respetar las decisiones y recomendaciones emanadas del Estado y los especialistas que actúan dentro del sistema de salud, que buscan el bien colectivo para protegernos de este enemigo invisible. Principalmente debemos, para sufrir lo menos posible, proponernos un orden y disciplina a fin de que este verdadero enemigo común no se infiltre en nuestras casas.
Lamentablemente se observa mucho desequilibrio en el cumplimiento de la cuarentena. Tal vez el mismo que existe en el resto de las manifestaciones sociales. La pérdida enorme de cultura que lleva a la anomia es también falta de respeto y amor por el prójimo; por un vecino, un compatriota. El peligro también está en nuestras acciones que no respetan al otro y al resto de la sociedad. ¿Los que insultan y golpean a maestros, estarán cumpliendo con las reglas de convivencia que impone la cuarentena? La anomia es muy cara en términos sociales. Y el hecho que existen sectores que cumplimos las reglas, dictadas por un gobierno que votamos o no, es lo que garantiza una buena ciudadanía y éxito en esta batalla. Tenemos un aliado, y es que más allá de las medidas rápidas y sanitariamente acertadas, el impacto del COVID-19 en la Argentina es mucho menor que en otros países. Pero un patrón de contagio grande en una sociedad anómica seria letal.
¿Será que debido a nuestra crisis en la educación formal e informal, en la desatención que también le damos en el seno de los hogares y familia, no alcanzamos a dimensionar el real peligro al que nos estamos enfrentando?
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Una ciudadanía fuerte es también el mejor anticuerpo. La conciencia de vivir en sociedad, ser solidarios con el vecino y todas sus circunstancias, no requeriría mecanismos forzados para regular nuestras conductas. Por eso hay que sumar democracia y participación más activa en todas las instituciones. Una sociedad que se siente parte y protagonista no necesita de mecanismos de coerción para cumplir la ley o las recomendaciones de expertos o del gobierno.
Este es un debate futuro y necesario. Atarnos a la ley es ser cultores de la convivencia. Defender a los que sufren es parte del compromiso de una ciudadanía fuerte. Y son muchos los que sufren en salud, en trabajo, en su economía familiar, y por el delito marginal y violento. Educarnos para ser mejores ciudadanos permitirá reproducir anticuerpos para protegernos de cualquier crisis o virus. La anomia, es la pandemia a vencer después de la pandemia. Para hacerlo no necesitamos vacunas sino un debate de la sociedad, abierto, sin intereses corporativos que lo limiten. No es lo mismo matar que construir. No es igual odiar que amar. No es lo mismo aportar y donar, que robar. Debemos terminar con debates frívolos que intentan reproducir anomia bajo un disfraz de virtudes. Tenemos nuestra propia pandemia dominando nuestra conducta social desde hace muchas décadas. Es hora de derrotarla.
(*) Fundación Ciencia+Democracia
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