El panorama económico se presenta bastante mediocre para el año, con un rebote en el nivel de actividad que llegaría a recuperar la mitad de lo perdido en 2020 (sería de 4/6 por ciento luego de una caída del 11 por ciento), sin incentivos ni ánimo de generar inversiones productivas (en el 2020 cayeron a la mitad del promedio de años anteriores), las únicas que permitirían al país revertir la decadencia productiva de años y crear empleo privado que viene cayendo fuerte. La inflación volvería a dar un salto, en porcentajes del orden del 50 por ciento. Los analistas proyectan con variantes esas perspectivas, si bien algunos esperan un escenario más catastrófico, aunque lo notable es que nadie hace proyecciones optimistas como las del Ministro de Economía Martín Guzmán.
No se debe a razones externas el pobre desempeño que se espera de la economía argentina. La coyuntura internacional, por el contrario, debiera asimilarse al “viento de cola” que facilitó una recuperación en la primera década de este siglo. Los precios de los commodities vuelan, con valores para la soja que superan los 500 dólares (no tan lejos de los años de “gloria” que tocaron los 600 dólares la tonelada), y el precio del dinero está por el suelo, con abundante liquidez y disponibilidad de fondos para los países en desarrollo. El país podría aprovechar los mejores precios de los granos, pero nada del financiamiento barato (imprescindible para el sector privado). Tampoco la pandemia explica la escasa recuperación local en un mundo que, con dificultades, ha iniciado la recuperación.
Luego de la interminable negociación con los acreedores que inició el Ministro Guzmán un año atrás, surgió otra de las características del gobierno de Alberto Fernández: “postergan, postergan y postergan” dijo la semana pasada el economista Gabriel Rubinstein haciendo referencia a la manera en que se posponen las decisiones. Juan Carlos De Pablo escribió sobre lo mismo al interrogarse si la política económica “¿Tiene tiempo a favor o en contra?” Otro aspecto sustancial son las prioridades que definió el gobierno nacional y si existe o no, voluntad de abordar los problemas económicos. “No les importa nada –explicó Rubinstein-. Lo único que les importa es que la economía llegue sin crisis a las próximas elecciones”.
En línea con esta meta, Guzmán ha obtenido bastante éxito en frenar al dólar “blue” y estabilizar los dólares financieros en alrededor de los 150 pesos. Claro que los analistas de mercado y la mayoría de los economistas no se engañan sobre si es “sostenible” esa estabilización. El costo de haber “estacionado” el dólar en esos valores se estima en unos U$S 200 millones para el Banco Central y en deuda nueva de unos U$S 1.000 millones, colocada a una tasa del 16/17 por ciento, por la venta de bonos en poder de la Anses. Con la venta en pesos de esos bonos y la recompra en dólares, Guzmán logró controlar el dólar MEP y el CCL (Contado con Liquidación), más una maraña de medidas restrictivas del Banco Central y la CNV para limitar esas operaciones, más las acciones coercitivas, por fuera de cualquier regulación.
Guzmán volvería a ajustar aún más el cepo y mantener este mecanismo de control de dólar MEP y CCL, con más represión en el mercado, por lo cual una parte del mercado cree que estaría en condiciones de eludir una maxi devaluación hasta las elecciones. Aunque esa expectativa no es para siempre y tampoco existen garantías de éxito. La proximidad de las ventas de granos de la próxima cosecha alienta las perspectivas oficiales de control del dólar, aunque luego de octubre los desequilibrios macro no podrían impedir una fuerte devaluación. Para evitarla, el Gobierno debiera girar con rapidez a una fuerte disciplina fiscal, detener la emisión monetaria y recortar el gasto. Por el momento, son todas estimaciones que podrían ocurrir o no, aunque existen pocas dudas sobre la mediocridad de la actividad económica y de que pronto, o más tarde, un ajuste fiscal o una fuerte devaluación es el punto de destino.
Un nuevo aspecto se ha hecho presente en estas últimas semanas y que podrían afectar los pronósticos futuros: desapareció el superávit comercial por primera vez en 27 meses. Es decir que desde que las devaluaciones en el gobierno de Mauricio Macri, que frenaron los enormes gastos en dólares por turismo y servicios, equilibrando la balanza externa, regresó otro desequilibrio macro. La caída del superávit se advirtió en la segunda mitad del 2020, pero en diciembre pasado regresó un rojo de unos 363 millones de dólares, como resultado de que las exportaciones se desplomaron 20 por ciento en el mes y 34 por ciento interanual, mientras que las importaciones tuvieron una caída del 5 por ciento, pero un alza de 25 por ciento interanual.
El cambio de signo en el comercio exterior tiene que ver con la brecha cambiaria, que alienta todo tipo de gestión para subfacturar las ventas externa y sobre facturar las compras, y con la suba de retenciones. De manera que en el año pasado, el superávit comercial final cayó a algo más de 12.500 millones, alrededor de 25 por ciento menos de lo esperado. En este año, este sesgo se mantendría, con una estricta administración del Banco Central de la autorización de las importaciones (que impiden a su vez una recuperación productiva) y la postergación de las exportaciones todo lo posible. Otro pobre desempeño para el 2021.
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