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Escuchaba voces celestiales que la llevaron a liberar a Francia del asedio inglés. Fue a juicio el 21 de febrero de 1431. La condenaron y quemaron viva meses después
La muerte de Juana de ARco en la hoguera (1843), Óleo sobre tela, Hermann Stilke
Juana de Arco, también conocida como la Doncella de Orleans, fue una figura clave en la Guerra de los Cien Años que se libró en la Edad Media entre los reinos de Francia e Inglaterra.
Esta santa de la Iglesia Católica nació en 1412 en el seno de una familia campesina en el pequeño pueblo de Domrèmy (noroeste francés).
Y un día como hoy, el 21 de febrero de 1431, empezaba el juicio en su contra por herejía que culminaría con la condena a morir en la hoguera meses después.
Desde niña, Juana tuvo arraigados sentimientos religiosos. Su extraordinaria historia empezó a sus 13 años con la aparición del arcángel Miguel, que protegía el reino de Francia, y al escuchar las voces de Santa Catalina de Alejandría y de Santa Margarita, que la guiarían a lo largo de su corta vida.
Aunque el futuro de Juana estaba decidido y su familia había elegido a un muchacho para que se casara con ella cuando cumplió 16 años, esta adolescente devota pero rebelde, y habilidosa en el arte del bordado y la costura, tenía otros planes.
Hubo un hecho, en el marco de esa guerra, que marcó con fuerza su destino: la ocupación y el saqueo de tropas inglesas que apoyaban al duque de Borgoña, Juan sin Miedo, en su disputa por la regencia de Francia y la tutela de sus herederos.
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Las voces celestiales que escuchaba impulsaron a Juana a la acción: le indicaban que debía unirse al ejército del rey de Francia, recuperar los territorios ocupados por los ingleses como consecuencia de la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y propiciar la coronación del heredero legítimo al trono, Carlos VII.
Y eso es lo hizo, tras enfrentarse a su familia y a su párroco, quienes trataron infructuosamente de disuadirla. La jovencita se dirigió a la guarnición de Vaucouleurs, la más cercana y que no estaba bajo control borgoñón, para acceder al heredero y transmitirle así su misión divina. Carlos había establecido su corte en el castillo de Chinon, en el valle del Loira (centro), como posición fuerte en la guerra contra borgoñones e ingleses.
En un principio, Juana fue rechazada, pero finalmente, dada la debilidad de las posiciones francesas, el heredero aceptó a la joven guerrera inexperta de pelo corto y atuendo masculino.
Así, al mando de 10.000 hombres, Juana de Arco logró terminar con el asedio inglés y las tropas del delfín se consolidaron en el valle del Loira y desde ahí fueron ganando posiciones. Carlos VII fue finalmente coronado el 17 de julio de 1429 y la desconocida joven se convirtió en la legendaria Doncella de Orleans y en el nuevo objetivo de borgoñones e ingleses, que pusieron precio a su captura –10.000 libras– y consiguieron atraparla en una emboscada durante el combate de Compiégne, en la Alta Francia.
A partir de ahí, tras varios intentos de fuga y de rescate en las fortificaciones en las que estuvo presa, un tribunal eclesiástico abrió un proceso penal contra ella por herejía, idolatría, apostasía, abandono del hogar y travestismo, entre otros cargos que llegaron a sumar 70. La causa se instruyó en el castillo de Ruan a partir de febrero de 1431, con un tribunal nombrado por el obispo Pierre Cauchon de Beauvais, partidario de la causa borgoñona.
El juicio se desarrolló con Juana encerrada en una jaula y atada con cadenas y grilletes, sin ninguna defensa. La joven no reconoció de forma explícita haber pasado por un estado de gracia a no ser por la intercesión de Dios ni respondió sobre ninguna de sus apariciones. Tampoco reveló el contenido de los mensajes que recibió en las apariciones divinas que la tuvieron como protagonista.
Sobre su vestimenta masculina, Juana se mostró dispuesta a vestir los ropajes femeninos que le ofrecieron, aunque afirmó que algunos guardianes habían intentado forzarla y volvió a vestir sus ropas masculinas, lo que el tribunal utilizó como argumento definitivo para acusarla de travestismo.
El rey Carlos VII se mantuvo ajeno a la causa, en una actitud que los historiadores interpretan como una forma de evitar un conflicto con la Iglesia y también como su negativa a reconocer que había basado su ofensiva desesperada sobre ingleses y borgoñones en el liderazgo de una jovencita plebeya.
El 4 de mayo de 1431 el tribunal la encontró culpable de todos los delitos –que Juana nunca admitió- , considerando entre otros aspectos que las apariciones y voces que la acusada decía haber tenido habían sido inspiradas por el diablo y no por Dios.
Lo único que la joven aceptó es que se sometía a la Iglesia, lo que la salvó de ser excomulgada. Juana murió quemada en la hoguera a los 19 años y sus restos fueron reducidos a cenizas para evitar cualquier culto. En 1456, un tribunal inquisitorial autorizado por el papa Calixto III examinó su juicio, desmintió los cargos en su contra, la declaró inocente y la nombró mártir. En 1803 fue declarada símbolo nacional de Francia por Napoleón Bonaparte. Beatificada en 1909 por el papa Pío X, fue canonizada en 1920 por Benedicto XV.
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