A partir de una trayectoria política dedicada a defender los valores en los que creyó con profunda convicción, Virginia Saavedra se ganó el afecto de sus compañeros de militancia y el respeto y admiración de correligionarios de líneas internas del radicalismo contrarias a la suya. Noble, diligente, y siempre pensando en los demás, cumplió una enorme tarea en diferentes escuelas de la Ciudad; condujo comités de la UCR local; y acompañó la actual gestión comunal desde una función dirigencial en el área de Producción. Falleció a los 59 años.
Fue la hija menor de Guido Martín Saavedra y Armida Antonioli y creció junto dos hermanas que adoró: Bettina y Marta. Había nacido el 7 de agosto de 1961.
Completó la primaria en la Escuela 19 y se recibió de bachiller en la Escuela de Enseñanza Media N°2 “España”. Hizo unos años del profesorado de danzas tradicionales argentinas, pero se inclinó, finalmente, por la carrera de magisterio.
Los principios radicales fueron su faro. De ahí que, por caso, no sólo abogó por la educación pública, sino que además trabajó siempre dentro de esa esfera. Alternó la labor de docente con la de preceptora en establecimientos de enseñanza convencional y especial, como la Escuela 52, la 529, la 524, la Secundaria 13, la Media 3. También desarrolló una actuación destacada en hogares de niñas y niños bajo la tutela de Minoridad.
Participó, asimismo, de la vida gremial desde diferentes movimientos. Incansable en la pelea por los derechos de su sector, representó al Suteba, la Amet y el Siseaba, e integró la Organización de Trabajadores Radicales.
Muy joven, con los inicios de la incipiente democracia de finales de 1983, comenzó a acompañar el proyecto de Raúl Alfonsín. Desde entonces siguió un recorrido político que no paró más: fue vicepresidenta del Comité de la 3ra, tesorera de la Junta Central de La Plata y titular del Comité de la 8va en dos ejercicios (ocupó ese cargo hasta su fallecimiento).
En los últimos años se desenvolvió como directora general de la secretaría de Producción de la Municipalidad de La Plata.
La familia y los incontables amigos que tuvo fueron esenciales en su día a día. Y amó y protegió a sus siete sobrinos como hijos propios.
Muy unida a los suyos, su casa era el lugar de encuentro todos los viernes a la hora de la cena. Y Buzios, Brasil, donde tenía parientes y ahí se reunían todos, su lugar de descanso.
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