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Deportes |OPINIÓN
El uso y abuso de la camiseta

EZEQUIEL FERNANDEZ MOORES

2 de Octubre de 2022 | 03:15
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Las autoridades de mesa de las elecciones que se celebran hoy en Brasil no podrán vestir la camiseta de la selección que lidera Neymar, una de las grandes candidatas a ganar el Mundial que comenzará dentro de cuarenta y nueve días en Qatar. Los votantes sí, pero las autoridades de mesa no. Lo aclaró el Tribunal Superior Electoral (TSE) de Brasil tras la polémica que provocó la identificación de la “verde-amarelha” con la candidatura del presidente Jair Bolsonaro, que buscará la reelección ante las encuestas que favorecen sin embargo al ex presidente Luiz Inazio Lula Da Silva, candidato opositor.

A ese dato se sumó el jueves el video desde París del propio Neymar, una clara declaración de apoyo a Bolsonaro en su cuenta de más de ocho millones de seguidores. “Vota, vota y confirma, 22 es Bolsonaro”, dijo Neymar, bailecito incluído. “¡Gracias Neymar”, respondió de inmediato Bolsonaro, que un día antes había visitado a la Fundación para niños que tiene Neymar en Santos, una institución que ya fue beneficiada por el gobierno con una fuerte reducción de multa fiscal y que mantiene además otro proceso judicial por ese mismo tema.

El abuso de la camiseta y la postura de Neymar colocaron a la selección que dirige Tite en posición difícil. Es la selección que más Mundiales ganó, la única que jugó todas las Copas y la que lidera además el ranking de la FIFA, con un plantel notable, de gran recambio y que en la última ventana goleó a dos selecciones africanas que están clasificadas para Qatar. Sin embargo, me dicen todas las fuentes consultadas, la agitación política dificulta un apoyo unánime a la selección dentro del propio Brasil. Si Lula (claro candidato al triunfo) no logra el cincuenta por ciento de los votos esta situación podría seguir hasta la segunda votación, prevista para el 29 de octubre, el mismo día que Flamengo jugará la final de la Copa Libertadores contra Atlético Paranaense. A su abuso de la camiseta de la selección, Bolsonaro podría sumar allí el de la camiseta del popular Flamengo, que ya vistió numerosas veces, porque es el club con más hinchas en el mundo (42 millones).

Bolsonaro, ya fue dicho otras veces, es de Palmeiras (último bicampeón de la Libertadores y virtual campeón del Brasileirao), pero se ha puesto varias camisetas, conciente de la popularidad del fútbol. Y el fútbol le devolvió amor. El debate ahora es Neymar. Está claro que el crack del PSG, como él mismo se quejó, es libre de apoyar al candidato de su preferencia. Pero está en el medio la situación fiscal de su Fundación. Y el hecho de que la prédica de “amor y paz” del jugador compadece poco con el fuerte discurso de odio de Bolsonaro, un político cuidadoso de las élites y armamentista, pero siempre despreciativo de las minorías. Neymar no es el único. El último apoyo futbolístico que recibió el presidente llegó de Robinho. No fue bien recibido, porque el ex jugador de Real Madrid tiene condena firme por violación en Italia y sería encarcelado si deja Brasil.

Pero también Rivaldo, otro ex grande del fútbol brasileño, apoyó a Bolsonaro. Y allí está, entre otros, el ahora senador Romario, cambiante, pero cercano ahora al presidente. No se pronunció Ronaldo (ahora empresario, que logró el ascenso con Cruzeiro), pero se sabe que el “Fenómeno” ha sido crítico histórico de Lula. El fútbol se diferencia del ambiente artístico, donde es Lula el que tiene mayoría de apoyos. Inclusive Caetano Veloso abandonó su tradicional simpatía por Ciro Gomes (tercero en discordia) y pidió voto útil para que Lula gane hoy en primera vuelta.

“Muchos jugadores”, me dice Lionel Plugel, colega argentino que lleva veinte años en Brasil, “si bien juegan un deporte colectivo, han crecido aferrados al discurso de la meritocracia, de que su esfuerzo individual les ha permitido salir de una infancia difícil para triunfar con el fútbol”. Los que se “salvan” con el fútbol, se sabe, son una pequeñísima minoría. Pero son nombres célebres y hacen mucho ruido. “Nada es aparentemente tan colectivo y esencialmente tan individual como el fútbol”. Lo dijo en 1985 a la revista Placar Flavio Gikovate. Era el sicólogo de la llamada “Democracia Corintiana”, el gran equipo al que el propio Lula iba a ver jugar y que, en plena dictadura, salía a la cancha reclamando elecciones libres en el país. Eran otros tiempos. Un equipo inolvidable que votaba todas sus decisiones y que, además, salía campeón. Su líder, Sócrates, lo resumió en pocas palabras: “Conseguimos probarle al público que cualquier sociedad puede y debe ser igualitaria. Que la opresión no es imbatible. Que una comunidad solo puede fructificar si respeta la voluntad de la mayoría de sus integrantes. Que es posible darse las manos”.

 

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