El Mundial tendrá unos cuantos momentos de honda emoción, pero seguro que pocos, acaso ninguno, como el que se producirá cuando tome contacto con la pelota el danés Christian Eriksen, un mediocampista de élite que el 12 de junio de 2021 regresó de la muerte en Copenhague.
“Christian se había ido. Estuvo muerto antes de ser reanimado”, sostuvo Morten Boelsen, médico de la Selección danese encargado de atender al futbolista cuando cayó desplomado un partido contra Finlandia por la Eurocopa.
A decir de la BBCNews, “fueron tal vez los momentos más aterradores de la historia del fútbol”.
Más notable aún que esa suerte de “milagro científico” -valga el oxímoron- es que a las pocas horas de haber sufrido el paro cardiaco Eriksen dijo a los facultativos que no recordaba nada y que estaba listo para volver a los entrenamientos.
Desde luego que no fue tan sencillo como eso: al cabo de una extensa y metódica recuperación volvió a las canchas el 26 de febrero de 2022, con la camiseta del Brentford, en un partido de Premier League.
Hoy, sin ser lo que supo ser -uno de los mejores mediocampistas del planeta- pugna por aproximarse a su mejor nivel en el United y se especula con que su condición de líder de la selección danesa decidirá al entrenador Kasper Hjulmand a incluirlo en el plantel que en Qatar enfrentará a Francia, Australia y Túnez en la primera fase.
¿Dónde reside el trazo grueso de un Eriksen cercano a la estación terminal de su caja de herramientas? Hace todo bien, o casi todo bien: piensa, organiza, ejecuta, se mueve por la izquierda o por la derecha con igual comodidad, gambetea con pasmosa facilidad, pasa la pelota en tiempo y forma, es picante y le pega a la pelota como los dioses.
Eriksen nació el día de San Valentín, el 14/2/1992, en Middelfalt, un pequeño municipio de la isla de Fionia, Dinamarca, donde hizo sus pininos como aspirante a futbolista, hasta que en 2005 se incorporó a las juveniles de Orense.
Tres años después, cuando ya era codiciado por ejemplo por varios clubes de la Premier League, fue Ajax el que ganó la pulseada, puso sobre la mesa un millón de euros, lo llevó a su célebre escuela y al tiempo saltó a la Primera.
En la Eredivisie fue de menos a más: debutó con un dorsal más bien en clave de NBA (el 51), al tiempo vistió el número 8, brilló en el equipo que después de ocho años ganó un título de liga y cuando era evidente que los Países Bajos le quedaban chico, apareció Tottenham y compró su pase en 13.5 millones.
En el Ajax dejó una marca indeleble traducida en números opíparos (32 goles y 46 asistencias), pero es en el Tottenham donde soltó amarras. He ahí la mejor versión de un Eriksen de procesión y campana: igual de notable en la Premier, que en el Inter de Milán y que con la camiseta de su Selección, “La Dinamita Roja que defiende desde los 18 años cuando fue convocado por Morten Olsen y en la que, por caso, tuvo un 2017 extraordinario.
De la mano de Eriksen, que convirtió 11 goles en las Eliminatorias y tres de ellos en el decisivo partido contra Irlanda por la repesca, Dinamarca concluyó la temporada sin sufrir ni una sola derrota, ascendió al puesto 12 en el ranking FIFA y se reveló a como un acreditado exponente del Mundial de Rusia, donde al cabo cayó en octavos de final.
No es un secreto a voces, desde luego, que también en Qatar podría ser que el destino de Dinamarca estuviera indisolublemente ligado a las destrezas del jugador por el que PSG estuvo a punto de desembolsar 100 millones de euros.
El renacido Eriksen, cuyo accidente cardiovascular redundó en el interés, la empatía y el afecto de la comunidad futbolera a escala universal, lleva una docena de años en el fútbol de élite con un bagaje de 111 goles y 158 asistencias en un total de 548 partidos.
Por su parte, en la Selección danesa -posible oponente de la Argentina en los cruces de octavos de final- su palmarés da cuenta de 37 goles en 111 partidos, la misma cantidad que el célebre Laudrup y a dos de Preben Elkjaer, lo cual lo inscribe séptimo en la tabla histórica.
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