Imaginemos una sala de teatro o cine colmada de personas en la que, de pronto, alguien grita “¡Fuego!”. Imaginemos ahora que el público reacciona de dos maneras diferentes. Un grupo de asistentes corre desesperado en búsqueda de una salida y se agolpa en donde no la hay. En el amontonamiento se producen heridos y muertos sin que nadie logre salir de la sala. En el otro grupo las personas intentan localizar dónde están las llamas para no correr equivocadamente hacia ellas y también tratan de registrar si, efectivamente, hay fuego o, puesto que no observan la presencia de humo, se trata de una falsa alarma. Pasado un par de minutos se verifica que, en efecto, no hay un incendio en marcha, que todo fue una broma de mal gusto o la ocurrencia de un irresponsable. Para entonces el chiste se convirtió en tragedia y dejó víctimas en el grupo de los que salieron disparados sin esperar ni comprobar la veracidad de la alarma. Y acaso no solo hayan sido presas de la urgencia por salvarse, sino también de la paranoia.
Quien primero habló de paranoia fue Hipócrates, el padre de la medicina, cinco siglos antes de Cristo. De origen griego, la palabra proviene de “para” (al lado de) y “noev” (del lado de afuera). Con ello Hipócrates describía un proceso de pensamiento que corre paralelo a la realidad y por afuera de ella. A lo largo de la historia, y tanto desde la medicina como desde la psiquiatría y la psicología, la paranoia fue considerada sinónimo de locura, fenómeno de alteración mental que distorsiona el razonamiento, o trastorno psicótico que se caracteriza por la presencia de ideas delirantes. Sigmund Freud, que no se ocupó especialmente de ella, la consideró un mecanismo de proyección, el proceso por el cual ponemos afuera, y en otros, cuestiones que son nuestras (temores, fobias, prejuicios, etcétera).
EL CENTRO DE UN MUNDO PELIGROSO
Si se buscan definiciones de paranoia en libros y en internet se encontrarán decenas de ellas, la gran mayoría enfocadas en los aspectos patológicos del fenómeno. A su vez, en el imaginario popular el término paranoico describe a personas desconfiadas, temerosas, que sospechan de todo y de todos y que viven atrapadas en miedos diversos. Han desarrollado una especie de delirio según el cual el mundo es un lugar peligroso habitado por seres dispuestos a hacer el mal y conformado por infinitas y variadas acechanzas, que van desde virus, enfermedades, catástrofes de origen natural, riesgos derivados de actividades humanas, especies animales feroces y albures tan nefastos como imposibles de imaginar, pero existentes. Los paranoicos se sienten objeto de una conspiración vasta y compleja, que incluye mecanismos humanos y designios del destino, y que los tienen a ellos como víctimas ineludibles, por lo cual deben estar siempre alertas, no distraerse y no dejar pasar ningún detalle que confirme sus temores y sospechas. De alguna manera se sienten el centro del mundo, un mundo que los ha apuntado como presas propiciatorias.
Sin embargo, las descripciones y definiciones clínicas de la paranoia son en alguna medida limitadas. El psicoanalista italiano Luigi Zoja, que presidió el Instituto Jung, de Zurich, espacio en donde se estudian y profundizan las ideas de Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología arquetípica, considera que esa mirada es restringida, puesto que deja afuera el contexto histórico y social en el cual se manifiestan los fenómenos paranoicos. Autor de “Paranoia, la locura que hace la historia”, Zoja piensa que este delirio debe ser observado también desde una perspectiva social y política. Personajes claramente paranoicos como Hitler o Stalin provocaron millones de muertos en la historia de la humanidad. Y en tiempos presentes y cercanos, otros, como Putin o Trump amenazan con lo mismo. Si se presta atención a sus palabras, pensamientos, actitudes y decisiones se observarán que allí están, sin filtros, los síntomas de la paranoia. Y no solo se los puede detectar en estos personajes. Una atenta mirada sobre la realidad en la que nos desempeñamos cotidianamente nos los puede mostrar en actores de la política, el deporte, la farándula y la vida pública en general.
“En las grandes masas la paranoia puede resultar muy contagiosa”, afirma Luigi Zoja
Cuando se viven tiempos paranoicos, como el presente, el virus de esta patología (no detectable en laboratorios ni tubos de ensayo) se extiende y se instala en amplias capas de la población. Sus vectores pueden ser los medios, las redes sociales, las noticias falsas disparadas por docenas a través de portales supuestamente informativos, el boca en boca, etcétera. Basta un rumor, una noticia real mal leída y peor interpretada (por pereza mental, por prejuicio o por mala fe) para semejar el grito de “¡Fuego!” en una sala atestada en donde las llamas no existen, pero el daño se cumple y los responsables se esconden cobardemente. A menudo ese grito puede provenir de la boca de un funcionario, de un dirigente político, de una autoridad, de un “experto” (tanto en ciencia o medicina, como en economía u otra disciplina) y no se trata de una falsa alarma inocente, sino de una manipulación perversa.
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
“En las grandes masas la paranoia puede resultar muy contagiosa”, afirma Luigi Zoja. “Piense en los pogroms o en los linchamientos: los que participan pueden ser personas normales, incluso afectuosas una vez que la `posesión´ colectiva termina”. Para poner en marcha la paranoia colectiva los manipuladores deben crear un enemigo, inventar un peligro de origen oscuro. Nada alimenta tanto la paranoia masiva como el anuncio de una conspiración, de una nueva pandemia (o de la misma potenciada), de un cuerpo extraño que marcha hacia la tierra, de un vaticinio emanado de la boca de un personaje popular, el supuesto complot denunciado por un dirigente político que necesita proteger intereses propios o evadir culpas evidentes o la maquinación de la que se dice víctima un ídolo deportivo para justificar una derrota. Son apenas algunos ejemplos, pero la paranoia está socialmente extendida y se dispara y manipula a partir de una gama muy variada de ardides. Quienes, por ejemplo, crean al mismo tiempo una enfermedad y su cura pueden hacer pingües negocios gracias a la paranoia colectiva.
El grito de “¡Fuego!” en una sala atestada activa naturalmente nuestro instinto de conservación. Queremos vivir. Pero también pone sobre el tapete interrogantes existenciales que demandan respuesta día a día, con o sin alarmas dirigidas a la paranoia. ¿Vivir cómo? ¿Vivir para qué? Mientras estas preguntas caigan en el vacío encontrarán muchas maneras (infelicidad, enfermedades, disturbios vinculares, sintomatologías difusas, adicciones) de volver a formularse. Y en tanto la respuesta siga ausente, o se conteste con placebos y analgésicos de corta duración, vivir será simplemente sobrevivir, aunque se trate de una supervivencia confortable en términos materiales. En muchos aspectos, tanto individuales como sociales y colectivos, la paranoia no expresa un miedo a la muerte, sino un miedo a la vida. Miedo al riesgo de vivir.
(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"
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