Una comerciante vivió un momento de tensión, cuando un joven, al que había dejado entrar en su local para cargar agua en una botella, sacó un arma de fuego e intentó asaltarla.
Todo sucedió en un kiosco situado a metros de la comisaría segunda, sobre las calles 8 y 39.
En ese lugar, el ladrón ensayó una coartada.
Con barbijo y todo, pidió agua y mostró un recipiente de plástico.
La mujer, con mucha amabilidad, no dudó en aceptar el pedido y le mostró el baño.
Sin embargo, cuando la encargada del negocio estaba sobre el mostrador principal, salió el joven convertido en un asaltante y le mostró un arma de fuego.
En ese instante, en una reacción casi instintiva, la víctima del ataque le pegó un par de manotazos y tomó una botella de lavandina en gel, con la que se resistió al robo.
Afortunadamente para ella, el delincuente decidió escapar con las manos vacías.
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