Oscar era bajito y menudo, crecía con la palabra, atrapaba con la voz. De charlar hacía un deporte, una excusa cordial para volver al mundo un lugar amigable. Charlaba en la esquina con el vecino, con el diariero; charlaba en los colegios con los alumnos, los profesores, en su casa con los amigos de sus hijos. Y la gente lo oía. Con las anécdotas, Oscar se volvía magnético. Tenía muchas pasiones, pero hubo tres que amalgamadas fueron su vida: la palabra, el fútbol y los afectos.
Tras egresar del Colegio Nacional, Oscar Fernández siguió el profesorado en Filosofía y Letras de la UNLP. Inquieto, continuó con los estudios y se formó como profesor en Historia de la Cultura en la Facultad de Artes de la misma casa de estudios. Participó de la actividad del gremio Atulp y se desempeñó como docente en el colegio “Esquiú” de City Bell, en el “Sagrado Corazón” y en la escuela nocturna Nº 10 “Don Bosco”. Fue rector de los colegios “Monseñor Alberti” y “Universitas” y director del IFIM. Además, escribió libros sobre cómo enseñar Lengua y Literatura.
Jugó al fútbol desde pibe, primero en Estrella, de Berisso, donde le decían “Peroncito”, después en Gimnasia y Esgrima de La Plata. Le gustaba tener la pelota cerca y hacer bicicletas. Como todo escritor, cultivaba su imagen y tenía un mito de origen, un mito futbolero. Comentaron en su entorno que una vez, cuando todavía era un chico, un mito viviente vino a La Plata a jugar. Se dice que Pelé lo vio, lo retuvo en las pupilas un segundo y pestañeó. Esa anécdota Oscar sabía contarla mejor que nadie. Quien la escuchaba, se fascinaba y la deseaba cierta.
Con Racing llevó a cabo un plan magistral: mostrarle a sus hijos que nada hay imposible. Hizo todo para que vieran a Racing campeón con sus propios ojos. Les regaló saber que no había maldición capaz de negarles la felicidad.
Y el lugar dónde todas las pasiones confluían: su compañera, sus hijos. Esos nombres musicales que eligió, y que tanto amó: Lidia, Leonel, Leandro, María. El remanso y el vértigo. El calorcito que todas las tardes lo esperaba al llegar a casa. Oscar aparecía como si nunca se hubiera ido, entraba al garaje y recorría el hall caminando tranquilo, dejaba el portafolios en una silla y pasaba al comedor.
Era bajito y menudo, lúcido y entrador, y conservó siempre una picardía plebeya; fue luminoso.
Nunca renunció a volar, sus hijos y sus amigos lo vieron tirar bicicletas a los 50, a los 60, a los 70, hasta que al final, un día lo logró.
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