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Maradona y Messi jugaron en Ucrania

Por Alejandro Castañeda
afcastab@gmail.com

Sólo el fútbol y la fuerza arrebatadora de su pasión es capaz de regalar un remanso deportivo entre tantos bombardeos. Fue el lunes, en Ucrania, el escenario desgarrador de estos días. Los enviados del canal Telefé estaban haciendo su tarea cuando se encontraron con una patrulla ucraniana. Les pidieron los papeles y como no creyeron que eran periodistas, los llevaron hasta un cuartel.

En una ciudad donde el cielo se ha vuelto humo y estampidas, cualquier trastorno se multiplica. El fondo de misiles, huidas y sirenas agravaban el entredicho. Sin consulado ni embajada a mano, a los enviados les resultaba imposible aportar alguna prueba irrefutable de que eran argentinos y estaban trabajando.

¿Cómo demostrar que no tenían nada que ver con la guerra? Cuando ya no servían ni los ruegos ni los gestos, el fútbol con sus mejores intérpretes se encargó de dar otra vez certificado de pertenencia. Su talismán milagroso fue el mejor pasaporte para obtener permiso y liberación. El cámara mostró que en su pierna tenía tatuada la silueta de Maradona con la camiseta 10 de Argentina. Y el periodista Guillermo Panizza sacó de su teléfono otro conejo mágico: una foto de él entrevistando a Messi. Todo inmediatamente se aclaró.

Como si las Naciones Unidas hubieran enviado un pase libre, los guardias volvieron a ser hinchas. Les dieron la mano y los dejaron ir.

No hay deporte capaz de abrir tantas puertas. No hay figuras -por importantes que sean- capaces de liquidar, en plena batalla, un litigio fronterizo en veinte segundos. Maradona y Messi revalidaron su poder mundial a la sombra de una guerra que sólo por un instante permitió revivir un poco de paz y alegría. Los dos número diez fueron otra vez la contraseña inigualable que regala identidad y bandera a cualquier argentino que ande rodando por el mundo. Hasta el viajero más perdido se siente pariente lejano de estos embajadores gloriosos que no necesitan más credencial que su carnet de crack en las canchas del mundo. Esta vez jugaron juntos y ganaron. Durante un instante, las bombas les hicieron un lugarcito a los goles.

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