Falleció, a los 86 años, el médico Walter Grasso, reconocido en el campo de su especialidad, la geriatría, no sólo por la vocación y el compromiso con los que abrazó la profesión de acompañar la salud de las personas mayores, sino también por su calidad humana, la que desplegó en todos sus lazos sociales, desde la familia y los amigos hasta los colegas y vecinos. De ahí que su muerte despertara un sentido pesar en diferentes círculos de la Ciudad.
Walter Horacio Grasso había nacido el 4 de noviembre de 1935 en La Plata. Hijo de Juan Bautista y Ofelia Antoniolli tuvo un hermano menor: Edgardo. Completó la educación primaria en la Escuela 19 y la secundaria en el Colegio Nacional, tras lo cual ingresó a la Universidad Nacional de La Plata y se recibió de médico. Se dedicó, no bien graduado, a la atención de las personas mayores, y desarrolló desde entonces una carrera que culminó con el máximo título que se le otorga a esas disciplinas, el de “Maestro de la Medicina”.
Dio los primeros pasos de la especialidad en el Hospital Italiano junto a un grupo muy reducido de médicos que como él decidió dedicarse a las patologías de la vejez. Fue, en ese sentido, un pionero de la rama y advirtió, no bien comenzaba a ejercer la profesión, que esa etapa de la vida merecía el enfoque de una perspectiva integral, que no podía reducirse sólo al tratamiento de la enfermedad.
La mayor parte de su trayectoria la cumplió en el consultorio que habilitó en 9 y 530. Allí recibió, hasta sus últimas horas, no sólo a pacientes con largo tiempo de atención sino también a cualquier vecino, independientemente de su edad, que necesitaba de una solución médica a su alcance. Al estilo de “antes”, él seguía asistiendo a domicilio.
Fue presidente y ocupó otros cargos en la Sociedad de Geriatría de La Plata.
Tuvo en su esposa, “Mary”, a una compañera incondicional. Ella fue la madre de su único hijo (Walter, periodista), la irremplazable secretaria de su consultorio particular; con ella viajó; y con ella solía compartir la mesa de café con matrimonios amigos antes de ir a su casa a la salida del trabajo. Fue su golpe más duro enviudar en 2006.
Quien lo trató vio en él algo más que un buen médico. Y es que fue de esas personas excepcionales: cálido, de gestos nobles, amable, sabio consejero, siempre dispuesto a atender las necesidades de los demás.
También desempeñó uno de sus roles más entrañables como abuelo de Matías y Nicolás.
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