Causó una gran tristeza el fallecimiento, a los 89 años, de Lilia Irene Iglesias, enfermera que dedicó su vida a la prevención en salud y destacada escritora de cuentos y novelas. Extrañarán, aquellos que la conocieron, su alegría, su sentido de la solidaridad y su calidad humana.
Había nacido en Campana, provincia de Buenos Aires, el 17 de noviembre de 1932. Integró una familia reconocida en esa ciudad, pues su abuelo, Manuel Iglesias, construyó el primer automóvil argentino. Su padre, Ramón Iglesias, falleció cuando era una nena de 11 años, y por esa razón, su madre, Inés Mazzoni, consultó con su suegro la decisión de “Lili” -así la llamaban- de estudiar enfermería en la Escuela de Nurses de Tartagal. Pudo cumplir su deseo y se recibió con honores y distinguida por el ministerio de Salud de Salta.
En los años 50 comenzó a dedicarse a la salud pública y la medicina preventiva. Trabajó en numerosas empresas ( YPF, Acindar, Esso, Petroquímica Mosconi), con las que recorrió el país. Así conoció a Oscar Franco, su marido y padre de sus hijos María Inés, Ricardo y Oscar. Enviudó a los 44 años y sola se hizo cargo de los chicos. Se instaló en La Plata en 1973, donde se recibió de licenciada en Educación Sanitaria, y participó del proyecto para jerarquizar los estudios de la enfermería en el territorio nacional, puntapié que culminó en la carrera universitaria.
Al jubilarse se dedicó a la literatura y así publicó a partir de 2008, entre otros títulos, “Sillanki”, “Un viaje fantástico”, “Un original gato con botas”, y una saga de “Un viaje fantástico”, en esa oportunidad escrita en francés y español y presentada en un colegio bilingüe de Toledo, España. Una de sus obras más queridas, dado que se compone de historias de su vida ficcionadas a través de relatos cortos, fue “Un libro extraño”.
Se caracterizó por vivir con gran intensidad; de una resiliencia extraordinaria, supo sobreponerse siempre a las dificultades que se le presentaron. Fue muy estudiosa y una lectora voraz. También se distinguió por su rol de madre, pues guió el crecimiento de sus hijos transmitiéndoles valores éticos y asegurándose que tuvieran la mejor de las preparaciones.
No tuvo nietos, pero halló en sus sobrinos nietos ese lazo entrañable que vivencian las abuelas.
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