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Entre diciembre y enero

Por Tamara Sparti

Profesora y Licenciada en Psicología. Escritora. Docente.

Detenernos un instante.

A veces enero aparece, irrumpe.

La cultura, la época marcan el pulso.

Diciembre concluye con balances, fugaces o detenidos, profundos o superficiales, de acuerdo a las variables que entren a jugar en cada quién, deudas y haberes, dolores y alegrías que el paso de los trescientos sesenta y cinco días del calendario nos ha dejado. Enero se nos presenta como la oportunidad de un nuevo comienzo.

Los ideales de tiempos vertiginosos y productivos empujan a poner en acto los sueños postergados. Ahora. Ya. La espera se torna pérdida.

En este escenario, es interesante detenernos un instante.

En primer lugar, claro que la posibilidad de un nuevo comienzo puede ser una promesa. Pero lo es, siempre que no responda a otra lógica que no sea la del deseo propio. A veces, los ideales van en sentido exactamente inverso del deseo: acaso no deseamos cambiar de casa, ni de auto, ni de estado civil, ni de cuerpo (pensando en algunos de los ideales impuestos por la época). Muchas veces, deseamos vincularnos de otro modo con estos objetos o personas. O deseamos realizar aquello que no es valorado en nuestro entorno, o esa actividad para la cual sentimos que no tenemos aptitud.

A veces, alcanzar los ideales, puede causar un profundo padecimiento. Padecimiento plagado de contradicciones, por tratarse de la concreción de aquello que nos habíamos propuesto, pero que no se corresponde con nuestro anhelo más íntimo.

Entonces será la reflexión, sincera y sin prejuicio, la llave que nos permita trazar nuestro horizonte.

Tomar decisiones de cara a un año que está comenzando, puede ser muy satisfactorio. Realizar movimientos deseados y esperados. Comprometernos con nuestro deseo es comprometernos con la vida.

Me tomo el atrevimiento de intervenir sobre la ambición del poeta Pablo Neruda (tan hermosamente plasmada): “...meses enteros que duren todo el año...”, podrían permitir postergaciones perpetuas.

Entre diciembre y enero, no hay otro mes que pueda nombrarse.

Entre diciembre y enero, puede estar el deseo.

Una posible respuesta a los últimos versos sería:

Los besos sembrados en primavera, pueden (o no) florecer.

Ése es el riesgo que debemos asumir.

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