1968. La dictadura de Onganía organiza una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, como una manera de mostrar una imagen de apertura al mundo. Sin embargo, la apertura preocupa a la policía, que vigila de manera obsesiva a una sociedad secreta de comunistas eslavos creada para infiltrarse al evento y establecer contacto con las delegaciones de los países socialistas.
La sociedad se llama “Danubio”, como la ópera prima de Agustina Pérez Rial que se estrena en la porteña Sala Lugones este jueves y retrata la vigilancia a aquel festival. La trama parece trasnochada, una construcción ficticia y paranoide. Sin embargo, los legajos que una fantasmal voz en off lee en la cinta son material de archivo, una serie de materiales desclasificados de la ya disuelta Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
“Una historia de vigilancia, censura y cine”, dice, en diálogo con EL DIA, Pérez Rial, y cuenta que en principio fueron tres legajos, que encontró la guionista del filme mientras realizaba su tesis de maestría en la Comisión Provincial de la Memoria, y que fueron el germen de la película. Eran informes sobre el festival marplatense y la Sociedad Danubio: habla de una fiesta que iba a organizar esta supuesta sociedad compuesta de miembros del PC marplatense, donde se iban a intentar poner en contacto con invitados del festival del otro lado de la Cortina de Hierro.
“Era una época en la que al cine se le tenía miedo, se le tenía miedo a la cultura. Se entendía que el cine era un vehículo poderoso para transmitir ideas. Si bien la DIPBA estaba haciendo este absurdo de visitar a checos y polacos, también 1968 es el año de ‘La hora de los hornos’”, dice Pérez Rial, y habla de absurdo porque, comenta risueña, aquellos legajos generaban “más risa que oscuridad”.
“Con la investigación aprendimos a descontracturar un poco la relación con el material: al principio nos parecía un material muy serio, muy pesado. Y lo es. Pero cuando empezamos a entrevistar a gente que aparecía en esos informes, leímos lo que escribían de ellos y se reían… ocurría algo liberador, catártico, les parecía tremenda boludez, en la vida habían sido comunistas”, relata la cineasta, y cita el caso del periodista gráfico Pupeto Mastropasqua, con cuyas fotos está hecha buena parte de “Danubio”, y que aparece en los informes como comunista cuando “es tremendamente peronista. Cuando leíamos el informe, se reía a carcajadas”.
Esos textos, y otras 250 hojas dedicadas a la vigilancia del Festival que entregó la Comisión y que utilizaron Agustina y su equipo para la película, reflejaban no tanto un estado de revolución inminente como “la manera en que la inteligencia policial bonaerense miraba a chicos que venían a un festival de cine”. La verdadera oscuridad detrás del glamour de la fiesta marplatense quizás no fuera un complot comunista, sino un creciente estado de vigilancia, control y represión que se comenzaba a respirar en Mar del Plata y Argentina. De hecho, en la investigación, Pérez Rial y su equipo no pudieron dar con pruebas de la existencia de la supuesta sociedad secreta.
“Danubio” es apenas el último trabajo que Pérez Rial realizó con esos materiales, tras escribir un texto académico junto a la guionista Paulina Bettendorff y realizar una muestra donde entregó los legajos a 8 artistas para que los convirtieran en obra. Durante ese proceso de trabajo con los textos, sin embargo, latía en la cineasta el ansia de hacer una película. Una película de espías, claro.
Pero “¿que película de espías con este material con recursos mínimos? Bueno, una con archivo y con una voz. Una película de género entendiendo las limitaciones que teníamos para hacer una película de género y de época con un presupuesto de vía digital del INCAA, que es un presupuesto bajo”.
¿Un documental, entonces? Había silencios atroces del archivo que impedían contar la historia con pretensión de verdad. Apareció entonces una especie de ficción conjetural, la de una inmigrante eslava que trabaja como intérprete para el Festival para las sospechadas delegaciones de los países de Europa del Este, en medio de un festival conflictivo, con huelga de actores, películas censuradas. Ella es la voz en off del filme, la voz que narra.
“Documentarnos mucho nos dio muchos insumos para construir, de esos retazos de vida de los protagonistas, a esta mujer inmigrante y traductora sin nombre”, explica la directora, y afirma que además hay “un gesto” en tener una voz femenina al frente. “El riñón de esta película somos tres mujeres”, dice de Bettendorff, la montajista Natalia Labaké y ella misma, y “nos pasaba con esa época que parece que los únicos actores son los hombres. Entonces, hay un gesto político en darle voz a una mujer de esa época, en hacer que quien narrara esa época fuera una mujer que, además, se iba a poder camuflar mucho mejor que un hombre militante”.
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