El inventario de animales está en peligro, pero las aves todavía hacen el aguante. Saul Bellow decía que “el mundo está demasiado encima de nosotros”. Por eso ellas deambulan por el cielo, sin hacer barullo ni exigir protecciones. Los vecinos ya no se sorprenden al ver un animal extraño en plena Ciudad, aunque ahora, cualquier revoloteo, perturba y no se necesita nada para meter miedo. Sin embargo, especialistas de la Universidad Nacional de La Plata y del Museo de Ornitología de Berisso habían remarcado en su momento que la Región resulta amigable para distintas especies que antes no aparecían. Algo es algo: al menos para los pajarracos, esto es tierra hospitalaria y segura. Cuervos, chimangos, gavilanes y lechuzas se suman a un paisaje donde el hambre sobrevuela. En plena campaña electoral, el arribo y voracidad de las distintas bandadas parecen inspirarse en lo que pasa en tierra firme. Las aves patrullan desde una venturosa distancia sobre el entramado revuelto de un paisaje inseguro que invita siempre a emprender el vuelo. Los estorninos ya no están solos en esta deriva fastidiosa y depredadora.
La naturaleza siempre reconstruye su orden y ahora apareció una nueva revelación que pone a las gallinas -hasta ahora destinadas a ser ponedoras y caldo- como descendientes de los dinosaurios, esas aves inmensas que sólo se rindieron ante los meteoritos.
Abril fue muy generoso en buen tiempo y anuncios. Hay pajarracos que van llegando y pajarracos que prefieren renunciar. Y esta semana, antes de despedirse, abril apeló al dólar, un saltimbanqui incansable, para sumarle conocidas zozobras a una tierra donde la esperanza aletea pero nunca levanta vuelo.
Mayo promete anticipar un invierno tan riguroso que quizá hasta los estorninos hagan las valijas y formen una coalición con las golondrinas para viajar hacia territorios menos violentos.
Los meteoritos aniquiladores de esta época son la inflación y la inseguridad. Y la pajarería, que lo mira todo desde arriba, se florea y se refugia lejos del ras del suelo. Hace unos días, en el final de un noticiero matutino, tras pasar revista a una actualidad tan dolorida, emitieron un clip en el que se veía a un loro manejando con su pico y con mucha pericia una tablet. Más específicamente, una conocida aplicación de citas. “El loro busca candidata”, decía el videograph que titulaba la nota. Y allí se quedó la imagen, mostrando a otro loro parlanchín que se sumaba a la política de búsqueda de estos días. Se lo vio, interesado y calladito, picotear sobre alternativas salvadoras, como hace su patrón.
Los pollos, tan ignorados cuando están crudos y tan rendidores en la mesa, vienen a ser parientes lejanísimos de los dinosaurios
Las aves patrullan desde una venturosa distancia sobre un paisaje inseguro que invita siempre a emprender el vuelo
Pero la gran noticia para el plumaje vino de la ciencia: se supo que Susana Giménez no se equivocó: los dinosaurios, que tanta mala fama le dieron, al final están vivos. La aclaración -como dijo ayer este diario- salió nada más y nada menos que de la ciencia. Susana “puede salir a decir que al final tuvo razón y que hay dinosaurios vivos caminando, o mejor dicho volando entre nosotros”, detalló el paleontólogo del Museo de La Plata, Agustín Pérez Moreno. Aseguró que las aves son dinosaurios, a pesar de que “con el paso del tiempo, a lo largo de su evolución han sufrido importantes modificaciones”. Pero “Susana tenía razón, no sé si es como ella se lo imaginaba, pero sí”, señaló el especialista, dejando que la ocurrencia de una diva ingrese a los claustros.
La idea de que todo tiene que ver con todo se afirma al lado de estas conclusiones que trata de ir poniendo en entredicho los avatares de la creación y dejar que la evolución y al paso del tiempo sigan inventando asombros.
Los pollos, tan ignorados cuando están crudos y tan rendidores en la mesa, vienen a ser parientes lejanísimos de aquellas aves enormes y peligrosas. Los dinosaurios reinaban a sus anchas y sembraban terror, pero hoy sus mansos descendientes sólo tienen destino de cacerolas y parrillas. Y las gallinas, fabricantes incansables de huevos a gran escala, quizá se jacten al saber que sus aportes se cotizan casi como una joya y que deben trabajar sin descanso para no dejar con ganas ni a los precios cuidados ni a las milanesas a caballo.
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