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Ocurrencias: estatuas fallidas

Por Alejandro Castañeda
<>afcastab@gmail.com

Las estatuas tienen la obligación de parecerse a sus modelos. En estos días, donde cada aprendiz de prócer busca la candidatura más que la posteridad, se nota que el nivel de la escultura exaltadora anda de capa caída. Como tantas otras disciplinas, quizá el encanto les haga temblar el pulso también a los talladores.

Primero fue la estatua de Gallardo, donde la exageración despertó más risas que asombros. Y ahora apareció en Villa Cañas un escuálido y brilloso muñeco que luchaba vanamente por querer parecerse a Mirtha Legrand y no lo lograba.

Los parecidos son esenciales. No se puede honrar a ningún famoso si los que pasan no identifican de quién se trata. Aunque el vandalismo se encargue de retoques despiadados, es indudable que por estos pagos los destrozos y las identidades falseadas son tan extendidos y tan continuos, que las estatuas no están al margen. Por las dudas tanto Bilardo, como Merlo y Gallardo están en tierra familiar, no así Mirtha, que fue expuesta en un paseo público a tiro de cualquier enojado. Bellas Artes debería dictar una materia sobre parecidos y avisarles a los escultores en ciernes que a la hora de honrar figuras hagan a un lado el surrealismo y se inspiren en las fotocopias.

En la Ciudad siempre se dijo que las estatuas de San Martín y Bolívar se habían traspapelado en el camión de mudanzas y que cada uno ocupa el lugar del otro. Los dos grandes libertadores fueron forzados aquí a intercambiar pedestal y gloria para mostrar que la unión americana al menos está unida en las plazas, ese lugar simbólico donde el pueblo suele airear sus broncas y sus devociones.

La estatua de Gallardo ya se puede coronar ante un eventual campeonato de bultos

En estos días, cada aprendiz de prócer busca la candidatura más que la posteridad

Este país, que se la pasa revisando su listado de héroes y réprobos, obliga a los homenajeados a tener que seguir librando en la posteridad nuevas batallas. O a pedir retoques o desalojos. Primero fue la del muñeco Gallardo. El escultor evidentemente se enamoró de la entrepierna del triunfal técnico y en un arranque de envidia y rara idolatría puso allí todo el talento de este señorito de las vueltas olímpicas que, por lo que se sabe, asombró más en las canchas que en las duchas. En época donde la exaltación de la hombría, en cualquier terreno, suele ser repudiada, la estatua de Gallardo ya se puede coronar ante un eventual campeonato de bultos. Y esta semana, a pedido de la destinataria, fue desalojado sin miramientos ese esqueleto de metal que alardeaba en medio de la plaza de Villa Cañas, el pueblo donde nació la diva, que se enojó ante este muestrario de ferretería mal dispuesta que no se asemejaba a la estrella comilona. Mientras Mirtha prefirió que a la plaza de su pueblo no se la castigue con esta alegoría, el autor de este Gallardo recargado prometió retocarle la bragueta.

Ya hubo otros homenajeados que prefirieron rechazar los pedestales prometidos. Por pedido del Papa Francisco, la estatua que en su honor había sido emplazada en la Catedral metropolitana, fue retirada. No quiso estar allí, expuesto a lo que sea. Sabe que en esa plaza se empieza volteando monumentos y después ya no se distingue entre quietos y movidos. Y hay que agregar el ataque constante que sufre la dupla Alberto Olmedo y Javier Portales en plena calle Corrientes, una escultura que vuelta a vuelta es destruida por una gavilla de inadaptados que sólo responde con ruinas a quienes regalaron tantas risas. Por eso, Susana Giménez, para evitar que el escrutinio popular la vandalice a cada rato, cortó por lo sano: la estatua que le hicieron era tan ingrata con su silueta, que Susana la mandó al rincón más oculto del quincho.

Recordemos lo que le pasó a El Zorro en Mar del Plata. Un concejal había propuesto instalar un monumento en pleno centro del mítico personaje televisivo. Los fundamentos de este proyecto resultaron un ataque de sinceridad de un deliberativo sobrado de autocrítica. ¿Dónde mejor que un Concejo Deliberante para homenajear a los zorros? La enciclopedia los pinta como “huidizos y normalmente imposibles de domesticar; se adaptan al ámbito urbano como comensales y figuran visiblemente en numerosos folklores como símbolo de la astucia y la simulación”.

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