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En Barrio Hipódromo, la “obra de arte” que transformó un stud en casa

Una puerta plegable une el comedor con la cocina / Gonzalo calvelo
Una puerta plegable une el comedor con la cocina / Gonzalo calvelo
Colores, formas y texturas al frente, más el tanque atrás / g. calvelo
Colores, formas y texturas al frente, más el tanque atrás / g. calvelo
En casa, María Inés Rifonzi junto al plano “pintado” por testa/g. calvelo
En casa, María Inés Rifonzi junto al plano “pintado” por testa/g. calvelo

Por Redacción

Está en 38 entre 115 y 116. Fue diseñada por Clorindo Testa. La huella célebre que derivó de una amistad de playa entre familias

Quizá sea uno de los tesoros arquitectónicos menos conocidos de la Ciudad. Sin embargo, en el mundillo del arte de construir, todos saben que la “Casa Stud” del Barrio Hipódromo es obra del reconocido arquitecto Clorindo Testa.

Nacido en Italia por deseo de su padre, Testa se crió en Argentina y se desarrolló, previo un breve paso por las facultades locales de Ingeniería Naval e Ingeniería Civil, como artista plástico y arquitecto bajo la influencia de Le Corbusier, entre otros. A su cargo estuvieron las construcciones de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, el Banco de Londres, el Hospital Naval y el Centro Cívico de Santa Rosa, La Pampa, entre otras famosas edificaciones.

La Casa Stud de avenida 38 entre 115 y 116 fue uno de los pocos contratos privados que generó una familia con Testa. A fines de los `90, los Budiño, que conocían al arquitecto por compartir playa en el balneario CR de Pinamar durante largos veranos en los que trabaron amistad los chicos, le hicieron el especial pedido. Fue María Inés Rifonzi, “Marita”, la esposa de Eduardo Horacio Budiño, Dardo, quien se animó a preguntarle al arquitecto si les haría una casa.

“Nosotros vivíamos en el Centro y yo quería tener una vivienda con un frente amplio. Dardo, mi marido, al principio no tenía idea que yo quería contratar a Clorindo y no le simpatizaba mucho la idea. Después de ver algunos terrenos, teníamos que decidirnos entre dos y fue él quien definió que fuera este”, recuerda Marita y agrega que la cercanía con la Facultad de Ingeniería a la que él había asistido y la Casa Curuchet fueron los argumentos que el arquitecto le dio para que comprasen la propiedad que había sido un amplio stud y había que reformarlo para que pueda instalarse la familia.

Entrega a ciegas

“Fuimos hasta su estudio con el plano que nos había dado la inmobiliaria y él empezó a hacer dibujos, líneas, a pintar de distintos colores cada zona. Yo me volví a La Plata sin saber bien cómo iba a ser la casa. Encima, muchos conocidos me decían que estaba corriendo un riesgo porque no nos iba a servir, ya que se trata de una obra de arte. Y así fue, yo vivo en una obra de arte”.

Las partes acordaron un presupuesto “que nunca se modificó”, aclara Marita, y comenzaron los trabajos en 1999. El país caía en crisis y en Barrio Hipódromo los Budiño levantaban su hogar.

“Veníamos a la obra y no entendíamos mucho qué iban haciendo. Sólo pocas cosas pudimos elegir, el resto es todo propiedad intelectual de Clorindo, que hasta el color de las paredes eligió y nos acompañó a comprar la grifería. Estaba en todos los detalles, no le podías sugerir nada porque él era un artista”, dicen los dueños de esta propiedad de estilo brutalista, identificado con la materialidad y que deja a la vista los medios de construcción empleados.

Testa fue más que un amigo de la familia o un reconocido arquitecto que dirigía la obra. Fue un artista desplegando sus diseños, donde cada detalle tenía su explicación en el sentido macro del acto artístico.

Las visitas

“Al principio dejábamos entrar a cualquiera que quisiera venir a ver la casa, pero bueno, ya no es así. Igualmente, recibimos bastantes visitas de turistas de otros países, estudiantes de Arquitectura y artistas. Hace unos años vino una productora japonesa e hizo un video divino con un drone por toda la casa”, cuenta Marita.

Aunque no hay cartel que indique la autoría de la obra, la casa es famosa. Sin embargo, la familia no quiere sumar su casa al catálogo patrimonial de la Ciudad. “Es obra de Clorindo pero es nuestro. Si bien no pensamos en modificarla ni venderla, tenemos cuatro hijos y ellos verán qué hacen cuando ya no estemos” define la dueña.

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