Causó un profundo pesar el fallecimiento de Sofía Resches y Alejandro Hirsch, ocurrido con apenas una diferencia de días. Casados durante setenta años, fundaron un negocio clave para los espacios escénicos: la casa de alquiler de disfraces Hirsch.
Sofía y Alejandro sellaron el matrimonio, después de seis años de noviazgo, en 1953, con una fiesta al estilo de ese tiempo en el salón de la planta alta de la confitería París. Hijos ambos de familias con una fuerte impronta en la identidad judía se conocieron siendo muy jóvenes en la institución educativa -a contraturno- Max Nordau. El cantaba en el coro y actuaba en el teatro. Ella era actriz y jugaba al básquet.
Juntos establecieron, además de una familia que se proyectó en dos hijos (Osvaldo y Blanca) y seis nietos (Ingrid, Guido, Tatiana, Sebastián, Diego y Daniela), un comercio de rubro particular, como el de alquiler de vestuario para usar en actos escolares, obras teatrales, y fiestas privadas con la consigna de participar debajo de una máscara y un disfraz. Socios en todo el sentido de la palabra, Alejandro y Sofía crearon un negocio al comienzo muy humilde pero que fue creciendo de a poco con material cada vez más variado. El pensaba el diseño; ella lo llevaba al molde, lo cortaba y lo cosía.
Alejandro Hirsch era hijo de una pareja de inmigrantes húngaros radicada en La Plata y había nacido el 28 de septiembre de 1929. Después de completar la educación básica, se graduó como Contador Público Nacional.
Al mismo tiempo que estudiaba creaba, junto a otros jóvenes, el coro Climn, donde fue una de sus voces más expresivas durante décadas.
Ejerció poco tiempo la profesión, porque el mundo artístico pudo más que los trabajos contables. Estudió el oficio en la capital federal y se convirtió en el maquillador artístico del teatro Climn cuando el elenco salía de gira. También durante un tiempo caracterizó personajes para óperas del Teatro Argentino.
Un día le tocó ir a buscar unos trajes de época a un negocio especializado y ahí nomás se le disparó la idea: abrir su propio local de alquiler de disfraces. Así, arrancó con el emprendimiento en el sótano de la casa de carteras de su hermano, en diagonal 74 y 41. Corría 1964.
Tenía que asegurarse clientes. Iba entonces escuela por escuela mostrando a maestras y directoras los catálogos con los vestidos típicos de dama antigua y de caballero, de criollas y mulatos, y de esa manera comenzó a hacerse conocer, discutiendo con las docentes, incluso, a partir de sus conocimientos de la Historia, sobre los usos y costumbres de principios de 1800.
Mientras que avanzaba junto a Sofía en la iniciativa comercial, dirigía un espectáculo musical que caracterizó por décadas a la Biblioteca Max Nordau, “Mameloshn” (“Lengua materna”). La propuesta reunía canciones en idish que él componía año tras año para cada uno de los cantantes del elenco.
En 1974, la Casa Hirsch se ubicó, ya definitivamente, en la casona antigua, de puertas y vitraux originales, de la calle 2 entre 41 y 42.
Divertido, con una permanente intervención de chistes, de charla amena, se lo recordará a Alejandro Hirsch por su buen humor y su espíritu creativo, al servicio siempre de la cultura idishista, legado de sus mayores.
Sofía Sara Resches había nacido en La Plata el 5 de junio de 1931. Sus padres habían emigrado de Polonia. Se recibió de maestra y desarrolló una larga trayectoria docente, primero al frente de distintas aulas del Gran Buenos Aires, y luego, como directora. Se jubiló con el cargo más alto de un establecimiento educativo en la Escuela 66 de esta ciudad.
Ella fue la otra “alma mater” de la dilatada actuación de la casa Hirsch en La Plata. La primera imagen de los clientes al entrar al lugar en busca del vestuario para un acto del jardín o la escuela de los hijos, del disfraz para un Carnaval de antaño o un cumpleaños infantil o de “50”, ha sido la de Sofía. Sonriente, siempre dispuesta a encontrar la mejor opción para el pequeño que, por caso, se probaba una y otra vez el traje de Manuel Belgrano, fue una figura indispensable para la atención de un comercio peculiar.
Además, era Sofia quien junto a una modista contratada -Elena- trabajaba sin parar, a veces, noches enteras. Había que responder a los pedidos especiales, por ejemplo, al aproximarse las fechas patrias, y la máquina de coser en esos días no descansaba.
Sofía congeniaba también con Alejandro en gestos y actitudes solidarias. Desde el negocio colaboraban prestando trajes a elencos y muchas de las propuestas artísticas de Max Nordau fueron “vestidas” por ese par de compañeros inseparables que dejó como marca a fuego a sus hijos y repartidos entre sus nietos la pasión por el arte, el amor a la docencia y la práctica de la generosidad.
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