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El primer amanecer de la esperanza como leitmotiv de la Argentina pudo haber sido cuando los criollos rechazaron a sangre y fuego las invasiones inglesas y cobraron conciencia de que podían ser capaces de adoptar decisiones por sí mismos.
El segundo amanecer fue el de Mayo de 1810, con las prédicas republicanas, hasta entonces inusuales en la América colonial, de Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan José Castelli.
El discurso de Mayo fue el gran faro esperanzador, pero atenuado, acaso, por la “máscara de Fernando VII”. El rey está preso de Napoleón y nosotros le cuidamos la corona, fue el eufemismo.
Después de Mayo, con nuestro Homero- Bartolomé Hidalgo incitando en las pulperías a cantar cielitos patriótico, apoyadas sus letras en el rasgueo de unas pobres guitarras, se fueron abriendo paso las ilusiones argentinas:
“Cielito, cielo cantemos, cielito de la unidad, unidos seremos libres, sin unión no hay libertad”. Era la luz de la libertad allí, cercana y servida ante la mesa de todos.
El cielito esperanzador como fórmula social se irradió hacia las guerras de la Independencia, la promovida por el severo y ensimismado San Martín, aun cuando estas se libraron mayormente en territorios lejanos.
Fueron varias siembras metafóricas de esperanza que sirvieron para bocetar hasta hoy, como lo señalaron distintos escritores y filósofos, el ser argentino.
La Independencia era alcanzable y, por consiguiente, deseable. Los primeros poetas argentinos, entre ellos el exultante autor del Himno Nacional, le dijeron a los criollos: “Vamos”. Allá se rompen las cadenas, allá se oyen los gritos de libertad, vamos que allá seremos libres e iguales. Ese “vamos” persistente que, sobre todo, adoptarían después muchos inertes gobernantes de la Argentina
El ser argentino que nacía no desoyó esas consignas y se enroló en ellas. Inició la marcha heroica... pero no sabía –y acaso sigue sin saberlo- que los objetos deseados en esta tierra americana se repliegan y mantienen las distancias, que son metafísicos, antes que reales. Como ocurre con los espejismos que hacen que los argentinos mueran adolescentes, incumplidos. “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión” diría después Sarmiento.
Expulsado del reino bucólico de sus primeros trabajos en estancias, perseguido malamente por la justicia, empobrecido, desertor obligado, Martín Fierro también le da lugar a renovadas ilusiones: “Yo no tengo en el amor / quien me venga con querellas,/ como esas aves tan bellas/que saltan de rama en rama/ yo hago en el trébol mi cama/ y me cubren las estrellas”.
El olvidado escritor rumano Virgil Gheorghiu, fue autor de una de las novelas más representativas de la Segunda Guerra Mundial –La Hora 25- en la que describe los sufrimientos de un joven que es perseguido sucesivamente por los alemanes, los soviéticos y luego los aliados, catalogado primero como judío y luego como nazi.
Este escritor vino a la Argentina en 1955 convocado por Perón -se dice que el entonces presidente deseaba convertirlo en su biógrafo- , pero cuanto Perón cayó en septiembre de ese año, Gheorghiu es “refugiado” algunos meses por un connacional en una casa ubicada en City Bell, en la calle 471 en cercanías de las vías del tren Roca.
Pues bien, en las charlas casi clandestinas que mantuvo con vecinos, Gheorghiu no dejaba de asombrarse por el valor casi absoluto que el argentino le asignaba a la esperanza. “Debe ser por la fusión racial y de culturas diversas, pero acá es más importante ilusionarse que hacer”, decía.
ORTEGA Y GASSET
Pocos años antes y también en La Plata, pero en un aula de la Universidad nacional, el filósofo español José Ortega y Gasset dio su conferencia, famosa para siempre, titulada “Meditación de un pueblo joven”, en la que plasmó su prédica central: “¡Argentinos, a las cosas!”.
Ortega creyó ver en la llanura intérmina, en el océano verde de la pampa, el origen del mal filosófico en la Argentina. El argentino no mira lo que tiene cerca, no se enfoca en el objeto, porque la luz del futuro diluye todo y lo mejor, entonces, es esperar lo que venga después.
Agregó: “Acaso lo esencial de la vida argentina es ser promesa. El que llega a esta costa ve ante todo lo de después. La pampa promete”.
También por esa época, en enero de 1926 un Borges juvenil –cercano entonces en sus simpatías a don Juan Manuel de Rosas, al que luego denigró- escribió el ensayo titulado “El tamaño de mi esperanza”, que arranca con este párrafo simpático, seguramente, para el nacionalismo: “A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa”.
Allí Borges describe su relación con la tierra en la que vive: “Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero. Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza. ¡Bendita seas, esperanza, memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios!”
Aquel Borges bendijo a la esperanza, a lo que está siempre por llegar –”y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo”
LOS REACIOS
Claro que en la literatura argentina hubo, hay y habrá resistentes al influjo de la esperanza como tema dominante. Incluso, ahora, hay cultores sistemáticos del escepticismo y la denuncia, a quienes las editoriales miran con simpatía.
De todos ellos, sin embargo, hay dos intelectuales que pueden considerarse como reacios sobresalientes a la esperanza: Roberto Arlt y Ernesto Sábato.
Arlt escribió mucho sobre la desesperación, la corrupción, la crisis económica y no le dio respiro a la angustia como tema humano.
El crítico cordobés, Alejandro Mareco, en un artículo “El arte de vivir, querido Arlt”, publicado en La Voz del Interior, se hunde en la demencia de esa literatura en emergencia y, sin embargo, sostiene que “Roberto Arlt traía una esperanza, que no era sólo la esperanza del mulato que invitaba a todos los oscuros oficinistas a jugarse a buscar un destino en una isla desierta, sino la de la realización de un testimonio literario desde una extraña condición: ser argentino”.
En cuanto a Sábato, ¿qué otro escritor argentino visitó con tanto dolor la desesperanza? Sin embargo, la escritora María Rosa Lojo, en un artículo titulado “Metafísica de la esperanza y el otro Nobel que no fue” dice estas sorprendentes palabras sobre el autor de Héroes y Tumbas: “Dotado como pocos escritores para exhibir, dramáticamente, las contradicciones de la historia y de la cultura, las tensiones y debates de la sociedad argentina y latinoamericana, no estaba exento él mismo de ambivalencias y contrastes. Escéptico atormentado por el sinsentido de la vida, solemne vaticinador de apocalipsis, sostuvo, sin embargo, desde su obra y desde su propia persona, una “absurda metafísica de la esperanza” que lo mantuvo, resistente, sobre este mundo, hasta casi cumplir su centenario”.
“Lo esencial de la vida argentina es ser promesa. El que llega a esta costa ve ante todo lo de después”
“Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero”
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