Los matrimonios civiles disminuyen y, por el contrario, las uniones convivenciales y (las separaciones), crecen. Esto es en La Plata, en la provincia de Buenos Aires en general, y en CABA. A este cuadro de las nuevas prácticas sociales –como informa este diario- se le añade que los casamientos por Iglesia son muy escasos. En los últimos años, según datos recogidos en el Registro Provincial bonaerense y su par porteño, los números de actas que certifican esas formalizaciones dan cuenta de una declinante tendencia. El amor hoy elige otros caminos para transcurrir y, aunque su arrobamiento nunca disminuye, sí en cambio se nota que todo lo que suena a compromiso genera entre desconfianza y rechazo.
De acuerdo con las estadísticas del Registro de las Personas de la Provincia, en La Plata, durante 2023, los matrimonios disminuyeron un 12 por ciento. “Y en las iglesias a lo sumo hay 15 o 20 casamientos por año”, afirmó el padre Mariano, párroco de San Cayetano. Agregó que “suelen acudir parejas maduras”, que en general han probado la convivencia y que han transformado al sacramento en un acto de fe que reafirma y oficializa lo que venía funcionando. El padre Henry, párroco de Nuestra Señora de la Victoria, confirma esa tendencia. Los templos deben extrañar la marcha nupcial y el clima jubiloso de esa tradición que configuraba un destino que se creía perenne. “El sacramento del matrimonio ha disminuido”, lamenta Henry. “Ya son pocas parejas las que después de un noviazgo vienen a casarse”.
Como el noviazgo clásico está en retirada y cualquier formalidad es rechazada, hoy los enamorados buscan dejar pocos rastros de una unión que transformó en momentáneo aquello de “hasta que la muerte nos separe”. Los que no pasan ni por el Registro Civil ni por la Iglesia, apuestan, como todo amor, a una aleatoria convivencia, pese que divorciarse cada vez da menos trabajo y que incluso la reforma civil de 2015 ha puesto en claro lo mío y lo tuyo. Esta unión no necesita padrinazgos. Lo formal, en cualquiera de sus manifestaciones, parece ser ignorado por un sentimiento que “mientras dura es eterno”, como dice el poeta. Hoy sólo los famosos pueden costear una gran fiesta, aunque a veces el divorcio llega tan pronto que no da tiempo de ser amortizada. Para el resto, sólo queda un canje con el maxiquiosco.
“El sacramento del matrimonio ha disminuido”, lamenta Henry. “Ya son pocas parejas las que después de un noviazgo vienen a casarse”
La asamblea legislativa de la ciudad de México estudió una reforma del Código Civil que incluía la creación de la figura del matrimonio renovable: cada dos años, al modo de un contrato laboral o de alquiler, los cónyuges volverán a dar el Sí o disolverán la sociedad. ¿Los amores tienen fecha de vencimiento? Fernando Savater escribió que “tal como la política, el amor es también ardiente y sucio. El amor no es nada de lo que hay que ser: no es objetivo ni desinteresado ni equilibrado ni renunciativo”. Como el anhelo de los políticos, es insaciable, irresistible y egoísta.
Las estadísticas aseguran que los matrimonios cada vez vienen más frágiles y perecederos. El amor dura menos y el divorcio es muy ágil. En Alemania la política Gabriele Pauli lanzó una propuesta que convence a unos y escandaliza a la mayoría: limitar el matrimonio a siete años, con la opción de dejarlo vencer o renovarlo, como un contrato. Cree que tras los siete años de disfrute hay que renegar mucho contra la intimidad y sus desperfectos. Los que no pueden o no quieren renovar el contrato, se irán sin tener que dar muchas razones, admitiendo que en esa casa, que con tanta ilusión fueron armando, ahora apenas sólo comparten las cuentas y el desgano.
En Brasil, según el nuevo Código Civil, una pareja que lleve cuatro años juntos, aunque vivan en casas separadas, pueden considerarse casados ante la ley. Ello ha llevado, tanto a gente famosa como a los comunes mortales, a prevenirse con un contrato privado, por lo que se refiere los bienes patrimoniales de ambos, al que se le ha empezado a llamar “contrato de enamoramiento”. Una suspicaz calificación que desde su encabezado, duda del amor y empieza por el reparto. Por eso hay que recordar cuando Groucho Marx habla de sus fracasos matrimoniales: “Siempre me casó un juez: debí haber exigido un jurado”.
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