Un crecimiento ultra rápido, tan veloz que desafiaría los límites de la física, podría explicar los agujeros negros supermasivos que se formaron cuando el universo tenía menos de mil millones de años. Así lo indicó un estudio internacional liderado por Italia con el Instituto Nacional de Astrofísica (INAF), que analizó los datos recopilados en 700 horas de observación por los telescopios espaciales Xmm-Newton de la Agencia Espacial Europea y Chandra de la NASA. Los investigadores estudiaron 21 quásares (galaxias activas alimentadas por agujeros negros supermasivos que emiten grandes cantidades de energía). En particular, los quásares elegidos están entre los objetos más distantes jamás observados y se remontan a los primeros mil millones de años de vida del cosmos. El análisis de las emisiones de rayos X de los citados objetos reveló una relación que une la velocidad de los vientos lanzados por los quásares, que puede alcanzar miles de km/segundo, a la temperatura de los gases en la corona, la zona más próxima al agujero negro: gases más fríos resultan asociados a vientos más veloces, que a su vez indican una fase de crecimiento muy rápida. “Nuestro trabajo sugiere que los agujeros negros supermasivos en el centro de los primeros quásares que se formaron en los primeros mil millones de años del universo pueden haber aumentado su masa muy rápidamente, desafiando los límites de la física”, indicaron los investigadores.
El hallazgo de este nexo entre la emisión de rayos X y los vientos es crucial para entender cómo se formaron agujeros negros tan enormes en tan poco tiempo, ofreciendo así una indicación concreta para resolver uno de los mayores misterios de la astrofísica moderna.
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