No hay caso. La puerta giratoria está aceitada, nunca se detiene y los menores que salen a robar en la Ciudad permanentemente están reiniciando el ciclo delictivo. La mayoría de ellos tiene entre 13 y 17 años, aunque también los hay más chicos. Son sin dudas parte de un fenómeno alarmante y al que no le encuentran ninguna solución, al menos con el contexto normativo actual.
En el sistema de minoridad intervienen varios organismos o poderes, pero esa participación múltiple no garantiza ningún éxito. Como prueba de esa situación nos deberíamos remitir a lo que pasa en las calles de La Plata.
Las comisarías, donde suelen recalar estos adolescentes en conflicto con la ley, no están preparadas para su alojamiento y hay varias disposiciones judiciales que directamente lo prohiben.
Por su parte, la ley actual es tajante y contundente: arriba de 16 son punibles, pero por debajo de ese límite etario pasan a ser inimputables.
Acá entonces entra a tallar otra grave falencia: los centros asistenciales, que tendrían que estar en condiciones para su recepción y tratamiento, no actúan como dique de contención y mucho menos sus familias, que se muestran rotas y vulnerables.
Entonces, en función de cómo está planteado el escenario, nada de lo que tenga vinculación con esta problemática va a funcionar como debería hacerlo.
Al margen de los esfuerzos de la Policía, que se la pasa atrapando a estos precoces delincuentes, su estadía en cualquier comisaría se convierte en algo efímero. Demasiado.
Por eso existe esa creencia de que se tarda más en hacer la denuncia, que el tiempo que los ladrones pasan bajo llave.
Sin dudas para ellos la calle es una verdadera escuela. La única a la que asisten, salvo cuando se meten en algún establecimiento educativo para provocar destrozos y llevarse lo que esté al alcance de su mano.
Y lo peor es que cada vez se animan a ir por algo un tanto más dificultoso. Total, si le toca perder, saben que prontamente tendrán la posibilidad de ir por una revancha delictiva.
En estas últimas horas, se registraron varios episodios con jóvenes detenidos.
Por ejemplo, en 12 entre 59 y 60, hubo cuatro demorados, dos de 15 años y dos de 16, quienes quedaron vinculados al robo de un parlante rosa en un local de accesorios de telefonía.
Por supuesto que las cámaras de video, en este gran GH de la inseguridad, que lo filman todo, sirven para individualizarlos y atraparlos, aunque se sabe que tendrá pronta salida.
Por su parte, en 64 entre 26 y 27, fueron siete los aprehendidos, procedentes de Los Hornos y con edades que oscilan entre los 13 y los 17 años.
Fue después de que quedaron grabados cuando pretendían forzar el portón de una cochera.
Sin embargo, como en el hecho anterior, la respuesta del Fuero Juvenil es calcada: identificación y entrega a sus progenitores o al Servicio de Niñez de la Municipalidad, que no los cobijan de manera adecuada.
En ese punto, es que se relanza el ciclo delictivo. Y hay casos de menores que fueron detenidos hasta tres veces en una misma jornada.
Las respuestas entonces deberían provenir de un análisis crudo de realidad y tal vez a sabiendas de que bajar la edad de imputabilidad, como se proyecta en distintos ámbitos oficiales y académicos, puede no ser suficiente para cambiar esta dinámica perversa, sino se acompaña de medidas adicionales.
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