La Tara verde es una representación de budismo llena de bienestar, paz y conocimiento. Debemos entenderla como la madre de la liberación, pues es ella quien representa el éxito en un empleo o la consecución de una hazaña, por ejemplo. No es casual que Agustín Dapoto haya elegido este nombre para concretar su sueño: a los 14 años empezó a vender tortas en su casa; luego estudió gastronomía y trabajó en más de una decena de emprendimientos -pasando por el Hotel Sheraton hasta grandes grupos gastronómicos de La Plata y restaurantes más chicos-. En pandemia se aferró a esta Tara y no para de crecer: hace tres semanas se mudó a un local céntrico amplio y hermoso, desde donde ofrece sus productos sin tacc y veganos y ofrece talleres.
“Empecé a comer de esta manera para cuidar mi cuerpo, para tener una alimentación más consciente, no por una enfermedad. Y la verdad es que me hace sentir bien. En mi casa, mi compañera Fiorella, mi hijo (Loto, de un año medio) y yo comemos así, las cosas que preparamos acá”, dice Agustín, que en los comienzos de sus cambios de hábitos fue vegano, pero ahora es vegetariano. El yoga es también parte de su rutina de bienestar.
Conocimos su nueva casa; un local antiguo, donde supo estar una pizzería emblemática. Se instaló allí hace tres semanas. El Tara Verde anterior estaba por 9 y 40; lo abrió, literalmente, con una mesa y sillas de su casa, como pudo. Durante casi cuatro años, lo que ganó lo fue invirtiendo en equipamientos y en ampliar su sueño: hoy cuenta con un local grande, con cocina súper equipada, mesitas que pudo comprar, un sillón que invita a relajarse para tomar algo o estar un rato trabajando en la computadora y hasta juegos infantiles -para Loto y otros chicos que visitan el lugar- en la vereda.
EL PIBE DE LA GORRA Y LAS MANOS EN LA MASA
Agus siempre está con su gorra puesta, va y viene en su bicicleta para todos lados y desde los 14 años no para de batir, amasar y vender lo que cocina. “Empecé a hacerlo porque me gustaba; no por necesidad económica. Estaba en el secundario y ya quería tener mi propio local para vender mis tortas y todo lo que hacía. Por eso, estar ahora en este lugar es tan significativo”, confiesa.
Platense, alumno del Colegio Centenario y el San Luis, Agustín (32) comenzó teniendo un blog de recetas antiguas. Desde allí se empezó a vincular con la gastronomía, pasión que no heredó de nadie. De padres contadores, su don es innato y lo ha desarrollado desde muy chico: libros de cocina, estudios y pasantías miles (con dobles turnos) en donde pudo, forjaron a este joven empresario en el que se convirtió.
“Fui a una escuela de cocineritos, para saber si realmente me gustaba esto y quería dedicarme por completo. Y ahí descubrí que sí. Después estudié en el IAG de CABA, que como tenía una bolsa de trabajo, enseguida pude entrar en el Hotel Sheraton; Hice una pasantía en cocina fría y después una en pastelería, que era lo que a mí más me gustaba. Fueron tres años en total; estuvo muy bueno y fue una alta experiencia para todo lo que vino adelante”, cuenta.
“Trabajé en Berisso, con Juan Manuel Herrera, con quien aprendí muchísimo. También en La Usina, con Diego Cortez; en el centro de producción del Grupo Apunto; con el grupo del Bar Cortez, en eventos y en el restaurante. Fui docente en el instituto Mundo Pastel; hice de todo”, repasa Agustín, en su oficina de la planta alta del nuevo local, mientras supervisa al carpintero, que está arreglando un banco.
“En un momento colapsé; empecé a hacer todo mal, literalmente, y paré de trabajar un tiempo. Me fui a Perú, un país que quería conocer desde hacía mucho tiempo, por su gran cultura gastronómica y ese freno me hizo pensar que al volver tenía que arrancar con lo mío: seguir con las ferias, vender mis productos ahí y trabajar para tener mi local propio”.
Entonces, al regresar a La Plata, hizo eso, al tiempo que daba clases particulares en su monoambiente. “Siempre de panadería, pastelería y cocina sin tacc y vegana. Me gusta mucho el flash espiritual y la energía que tiene este tipo de alimentación en la que buscás buena calidad de vida”, asegura.
Y en julio de 2020 se le dio: encontró un localcito que pudo alquilar y lo abrió con lo que pudo: mobiliario propio, una producción pequeña, mesitas en la vereda. El boca en boca, las redes y la excelente calidad de sus productos hicieron que Tara Verde creciera hasta tener que mudarse a un lugar más grande y más céntrico. Allí lo encontramos ahora a Agus, en su nuevo local, al mando de un equipo de seis personas “todas en blanco”, que trabaja con él codo a codo en la cocina y que además transmite la esencia de la marca: cálida y amorosa.
100% SIN TACC Y VEGANO
El proyecto está pensado para personas celíacas, veganas, con APLV, y todos los que quieran comer algo rico, sano y casero.
“Además, ampliamos nuestra cocina, sumando más opciones saladas como empanadas/tartas con masa casera, pizzas y sándwiches de focaccia. Horneamos durante todo el día, por eso en cualquier momento te podés llevar pan, chipa, budines, roll, muffins recién hechos, entre otras cosas”, dicen entusiasmados.
“Nuestra cafetería es un lugar cálido y amable para trabajar o pasar el rato. Contamos con un sector de juegos para los más peques, y también tenemos juegos de mesa y libros para los más grandes. El local es pet friendly, y contamos con un bicicletero”, detallan.
El local está abierto de lunes a sábados de 8 a 20, de corrido. Tienen delivery (se pueden hacer encargues previamente a través del menú online) y cuentan con todos los medios de pago. “Los miércoles y jueves pueden aprovechar el 30 % con Cuenta DNI” aconsejan.
Info: @_taraverde, o en redes; y por WhatsApp, al 221 543-4072.
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