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En la última semana, dos populares artistas pop, Taylor Swift y Tini Stoessel, lanzaron álbumes donde ventilan sus romances, odios y problemas personales. Honestas y brutales, son solo los últimos exponentes de un lucrativo fenómeno, un reality hecho de canciones
Tini Stoessel, Amy Winehouse y Taylor Swift
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
La pasada semana, Tini Stoessel lanzó en las bateas digitales su nuevo álbum, “Un mechón de pelo”: un compendio de canciones catárticas atravesadas por muy explícitas, para nada veladas referencias personales y palitos a sus enemigos, desde Cami Homs a Marcelo Tinelli.
Fue una bomba, un disco más conversado que escuchado. Y no podría haber sido de otra manera: Tini calló todo este tiempo, para decir todo en una canción. Las mujeres ya no lloran: las mujeres facturan.
Una semana más tarde, Taylor Swift lanzó su propio nuevo disco, doble, y esperablemente también involucra sus desventuras amorosas. El título del disco deja todo claro: “La sociedad de los poetas torturados”.
Más de 30 canciones en las que exorciza tormentos interiores desmenuzando sus historias de amor: una antología de nuevas obras que reflejan acontecimientos, opiniones y sentimientos de un momento fugaz y fatalista, sensacional y doloroso a partes iguales” de un capítulo “cerrado y clausurado” de su vida, el de sus relaciones con el actor Joe Alwyn y el músico Matt Healy.
“Una vez que hemos contado nuestra historia más triste, podemos liberarnos de ella. Y entonces lo único que queda es la poesía torturada”, escribió Swift el viernes, al lanzar el disco.
Taylor ha sido, desde los días de “Shake it off” y “Bad Bitch”, la reina de la canción autorreferencial, pero, también, es parte de una creciente tendencia en la música pop, que parecería no poder escapar a sus propios demonios a la hora de la inspiración. Es como un regreso al romanticismo, el del siglo XIX, el de los poetas torturados por lo inútil de todo, a los que la catarsis lírica no les permitió “soltar”. También es una especie de reality show con canciones.
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Y el reality está más apasionante que nunca: nuestros traperos siguen cantándose rencillas de cuando vivían juntos, amuchados en una casa esperando pegarla, siguen exponiendo sus historias de romances, corazones rotos y venganzas, y es parte del show, parte del encanto, una telenovela musical por entregas. Artistas que quieren sumarse a la movida musical, desde Flor Vigna a La China Suárez, también canalizan, y explotan, sus biografías para generar ruido alrededor de sus canciones. A Vigna se lo señaló Sabrina Rojas, tras su separación con Luciano Castro y su raid mediático promocionando su canción autorreferencial.
Pero el magnetismo está también en la percepción de una honestidad: los actos pop solían ser curados y depurados, por diseño no podían ofender ni ser demasiado controversiales o personales. Desde los 50 a los 2000, la música pop era edulcorada, un “palmas, palmas” universal, sin filo, sobre romances impersonales, con rimas automáticas.
Pero la nueva generación de artistas pop se ha forjado paso abriendo su corazón, un gesto guardado antes solo para los autores denominados “serios”. Un acto de coraje que los muestra vulnerables, fallidos incluso en el éxito.
Lucrativa tendencia ( al punto de que una artista surgida de la factoría Disney como Tini no duda en romper con su imagen naif y desparramar balas de odio contra sus haters), cuando mejor funciona es cuando la honestidad es brutal: la crudeza del relato de ciertas situaciones (como el disco que Amparanoia dedicó a su relación tóxica, “La niña y el lobo”) lleva también una advertencia a los seguidores, lo cual reviste a una pieza pop de una misión. Para el crítico de música pop del periódico LA Times, Mikael Wood, el estilo confesional de Swift es crudo y refrescante: “En tiempos de fanatismos fuera de control, es emocionante ver a una superestrella dirigirse a sus seguidores de esta forma”.
Desde ya, la música ha cantado sobre su mal de amores desde siempre: quizás Shakira perfeccionó el método de facturar en vez de llorar en su último disco, titulado, justamente, “Las mujeres ya no lloran”, pero esto viene de hace tiempo, décadas.
Sin embargo, algo de particular tiene esta era donde la principal tendencia literaria es la llamada literatura del yo, y lo mismo ocurre con el cine independiente, donde, con los recursos ajustados, una generación se ha lanzado a hacer documentales chicos sobre vivencias personales: usando videos caseros como fuente y la voz en off como hilo narrativo, hacen lo mismo que los artistas pop, navegan su vida en busca de catarsis y significado.
Hay un hilo. Una trama: el advenimiento de los contenidos autorreferenciales debido a las plataformas, el culto al yo y el mito de la salvación individual de las sociedades neoliberales, la progresiva abolición de todo cimiento común en ese espacio virtual, falsamente comunitario pero que en realidad es un desfile de egos en lucha darwiniana por la popularidad, para dejar lugar a un mundo en el que el “yo” representa la fuente primera de verdad.
El resultado: parecería que el único tópico posible para el arte es el yo. La representación en la pantalla ha sido un tema de discusión reciente, y Hollywood se abrazó, celebrando que cineastas y actores de minorías podían al fin contar las historias de las minorías: fue la clausura de la posibilidad de retratar, siempre de manera imperfecta, siempre de manera sesgada, al otro, al resto. De contar algo que no sea nosotros mismos.
Desde ya, el resultado artístico no se reduce meramente a esta autorreferencialidad: hay películas canónicas, canciones inolvidables, libros fundamentales, dentro de esta tendencia. También, imitadores baratos: hay intentos burdos de subirse al caballo de la catarsis, y artistas que subliman su vida en una canción, que juegan con sus desventuras, las vuelven más que confesionalismo con afán de lucro.
Una escena de la biopic de Amy Winehouse, “Back to black”, parecía reducir a la artista más brillante del siglo a una escupidora de vivencias personales.
La película es vil: desinfla todo lo posible el rol de una industria explotadora en su fatal desenlace (solo la atormentaban unos paparazzis malos), su cuestionada familia queda bien parada, y hasta se sugiere que en una relación entre adictos, ella era la “más tóxica”. La enfermedad de Amy, reducida a una condición preexistente: vino fallida.
Por suerte, sugiere la película, con eso hizo música inolvidable: “Tengo que vivir para tener de qué escribir”, dice en la película Amy, atosigada por la fama, y antes de volver a sus correrías nocturnas.
Pero las canciones de Amy Winehouse son mucho más que lamentos de algo que le pasó: son irónicas, reflexivas, brutales, salpicadas de un humor luminoso, vital, corrosivo. Hay personajes, hay performance, hay juego.
Para la película, las canciones no podrían haber existido sin el desgarro interno, sin los problemas de salud mental y la explotación del afuera. “Back to black” niega la creación artística, pone todo en el plano de la experiencia personal, del sufrimiento del poeta torturado, lee la genialidad de la artista en clave solamente biográfica: el triunfo de la visión narcisista, ensimismada, del siglo XXI. Y sin embargo, las canciones no son un anticipo de su final, no hay en su música una sensación de inexorable fin: Amy podría haber vivido.
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