Rafael Nadal dio una nueva muestra de perseverancia y competitividad. Lejos de su mejor nivel, logró pasar un nuevo examen, físico, tenístico y emocional.
El cordobés Pedro Cachín lo obligó a permanecer en cancha tres horas y cuatro minutos para conseguir una trabajosa victoria, en un match que no puede catalogarse como bueno, pero que lo puso a prueba.
Físicamente, Rafa demostró que puede estar cerca de 200 minutos en cancha en forma competitiva, pero, también quedó claro que el pique de la pelota le queda cada vez más lejos. Su velocidad ya no es la misma y la del juego tampoco. Eso le dificulta los apoyos en el momento del impacto, por lo que sus tiros terminan perdiendo precisión o profundidad.
Tal vez, una baja de tensión en las cuerdas comience a colaborar en ese aspecto. Pero ya no es “aquel” Rafa, el demoledor de cerebros, el recuperador irrestricto de pelotas irrecuperables, el que obligaba a ganarle el punto tres veces.
Eso sí, si la pelota le queda en la mano, seguramente su revés te desarme y la derecha te pegue a la lona del fondo o te obligue a jugar desde la cancha de al lado, pero ya no es “aquel” Rafa y él lo sabe.
Por eso sus dudas al pensar en Roland Garros, la zanahoria en el extremo de la caña. En estas condiciones se le hace difícil verse tan competitivo como él pretende y atravesar rondas en las que no alcanza con ganar dos sets, sino tres, y en donde lo común es jugar tres horas o más.
Rafa es Leyenda y, como tal, merece un final apropiado. La estatua ya la tiene, sólo falta que decida su presencia allí, aceptando que su quinta despedida en el Abierto francés es factible y que puede llegar más temprano que tarde. Pero es Nadal y es su último baile, se lo merece.
(*) Periodista especializado en tenis.
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