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Enfrentar el cambio climático representa una formidable oportunidad para Argentina

Por Micaela Carlino

eleconomista.com.ar

Más allá de las visiones contrastantes sobre las causas del retroceso secular de la economía argentina, hay algunas evidencias incontrovertibles. La persistente inflación, el elevado costo del capital, la insuficiencia y las dificultades de acceso al financiamiento, especialmente para empresas medianas y pequeñas, la volatilidad de las políticas y, con frecuencia, su inconsistencia intertemporal, la presión fiscal, la híper-regulación y el débil enforcement, la incerteza sobre la orientación futura de las políticas nacionales, el considerable riesgo asociado a las actividades económicas y el pobre desempeño de la economía a lo largo del tiempo, postergan las inversiones privadas o las reducen considerablemente.

Esto sucede en casi todos los sectores productivos, con la excepción de algunos más dinámicos, que, por su inserción en cadenas globales de valor, como el complejo agrícola, evitan en alguna medida los efectos más desfavorables de estos rasgos adversos, que han caracterizado el desenvolvimiento de la economía nacional en las últimas décadas.

La débil tasa de inversión provoca una más rápida obsolescencia del capital instalado, que no es mantenido adecuadamente o reemplazado a la velocidad necesaria; posterga los proyectos de renovación y expansión del equipamiento existente, y dilata iniciativas orientadas a la adopción de nuevas tecnologías que vayan en línea con el acelerado progreso técnico, que en el plano global marca esta era.

Por otro lado, los desequilibrios fiscales sostenidos y la restricción externa, el limitado espacio fiscal, y la frecuente inconsistencia en la toma de decisiones, obstaculizan la modernización de la infraestructura de producción, energética, de transporte (por ejemplo, basta considerar el estado de la caminería rural, o el ferrocarril de carga), de comunicaciones y de soporte para la conectividad, y las posibilidades de esfuerzos público-privados para concretarlas. Esas barreras impiden incrementar la productividad general de la economía, y en particular de la industria, y limitan el aumento de la eficiencia sistémica.

En consecuencia, salvo excepciones intrasectoriales o de aquellas cadenas de valor bien integradas a los mercados mundiales, la economía nacional ha perdido progresivamente competitividad, las empresas no logran saltos de escala que hagan posible reducir costos y solo crecen las ineficiencias en los procesos y en las estructuras productivas.

A ello se añaden las considerables imperfecciones de los mercados de bienes y servicios y los múltiples escollos institucionales en un país que retrocede sin forjar un consenso estable sobre las razones de su decadencia, ni sobre el mejor curso de acción para revertir ese proceso.

El alcance de este artículo no incluye explorar los fundamentos científicos del cambio climático global, que abarcan investigación teórica y aplicada para los últimos dos siglos, ni los pronunciamientos categóricos de las academias de ciencias más prestigiosas del mundo.

Una oportunidad

Ahora bien, enfrentar el cambio climático representa una formidable oportunidad para la Argentina. El país está en condiciones de beneficiarse del escenario global, aprovechando entre otras cuestiones, su vasto potencial para el desarrollo pleno de las energías renovables, integrarse a las cadenas globales de valor del hidrógeno verde y sus derivados como un actor vigoroso y muy competitivo, así como consolidar la producción de biocombustibles, introducir comprensivos programas de eficiencia energética, que de todos modos son necesarios, impulsar la conservación y el desarrollo de sus bosques nativos, como sumideros de carbono, a la vez que expandir la gestión forestal sostenible y asegurar el acceso de la producción de alimentos a los mercados internacionales.

Asimismo, dejando de lado los cuestionamientos a la necesidad de la acción climática, la referencia a sus costos incrementales, o la preferencia por visiones meramente ideológicas, debe tenerse en cuenta que la inacción también tiene sus costos, que no serán menores. Entre ellos se cuentan los correspondientes al riesgo del cierre de valiosos mercados de destino y de restricciones a nivel mundial que van impactar sobre nuestros negocios tradicionales, la pérdida de competitividad cada vez más pronunciada en el escenario internacional, oportunidades de nuevos mercados y productos de mayor valor, la disminución de opciones de financiamiento y el aumento de su costos comparativos, y la disminución de las posibilidades de establecer alianzas internacionales para la cooperación económica y técnica, así como el incremento del riesgo de impactos agravados para los valiosos ecosistemas que posee el país.

El hacer reclama, sin duda, decisiones estratégicas que involucran a toda la sociedad argentina y afectan a los actores económicos, y no debieran tomarse a la ligera.

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