Es un error suponer que la lectura se encuentra en retirada. Lo que por supuesto se está eclipsando es el soporte papel. Desde el setentista Mc Luham para acá lo vienen señalando los especialistas.
Ocurre que ahora aparecieron los nuevos papiros de la civilización universal, que son las pantallas electrónicas, el formato digital y sus afluentes, las redes. Y esto sí que constituye un desafío, tanto para la industria del papel como para la creación literaria. Entonces, la que estaría juego ahora es la suerte de la forma literaria, el estilo, que debería aprender las nuevas reglas y someterse a ellas. Tal como viene haciendo la prensa escrita, que ya se expande en el reino digital.
Si se observa con atención el movimiento actual del tránsito automotor podrá comprobarse algo muy interesante (además de ilícito): ver en las calles a muchos motociclistas que manejan el vehículo con una mano y con la otra van leyendo mensajes en su celular. Los ciclistas hacen lo mismo y los automovilistas apelan al sistema de “manos libres”, pero los que no lo tienen leen sus celulares de reojo, jugándose la vida o el cobro de fuertes multas.
Ejemplos peligrosos, sí, pero elocuentes. Tanto como el de los chicos y adolescentes, que hoy pueden estar sentados ante un televisor, pero que prefieren leer en sus celulares. Ya no les interesa que Tom Cruise se arroje desde un rascacielos de Nueva York sin paracaídas o ala-delta, sólo con ventosas en sus manos: los chicos siguen ensimismados en la pequeña ventanita de sus celulares.
Sobran ejemplos de chicos y adolescentes que prefieren leer en sus celulares
Miles de millones de personas se han puesto a leer en las pantallas de internet. Nunca hubo en la historia de la humanidad, como ahora, tantos lectores. Tampoco importa si en los mensajes que captan su interés pudiera haber o no, conceptos banales. O que miren videos y cambien WhatsApp acaso llenos de trivialidades.
El secreto está en el medio que ellos manejan, ese celular que tiene mucho de cine, de televisión, de computadora y también, por qué no, de libro. Que acaso los esclaviza pero que les da libertad de elegir. Pero en este fenómeno revolucionario y global, la literatura vine muy rezagada y por las banquinas. La literatura no le ofrece a la joven generación un alternativa talentosa a través de los redes.
Es claro que el avance de los E-books (libros electrónicos) constituye un primer acercamiento, pero sólo de internet hacia ella y no a la inversa. En este caso, no pocos críticos mencionan la existencia de un recurso que podría reiniciar el contacto que va perdiendo la literatura frente al vértigo de la tecnología moderna. Se trata del estilo aforístico, es decir, del idioma que en pocas palabras es capaz de transmitir ideas valiosas.
Desde luego que sin saber de esta evolución de la tecnología, el estilo aforístico -entre otras de las muchas formas literarias que dominaron- fue cultivado en la Grecia antigua por Aristóteles, Platón, Esquilo, Píndaro y muchos otros.
Y esa forma de expresión se extendió hasta hoy con autores ya consagrados como Madame de Sevigné, Oscar Wilde, Mark Twain, Baudelaire, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado, Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Antonio Gala, G.K, Chesterton, Julio Verne, Borges, Cortázar y hasta en el filosófico Albert Camus, entre otros.
EJEMPLOS
Está claro que el aforismo tiende a la brevedad. Toma un concepto, le da forma y lo define en pocas palabras. Acá van algunos y, para empezar, pertenecientes a Antonio Machado:
• “Dicen que un hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer”.
• “El ojo que ves no es ojo porque tu lo veas. Es ojo porque te ve” (Un crítico sostuvo que Machado hace más de un siglo, con tan pocas palabras, marcó aquí el punto final del romanticismo, es decir de la exaltación del yo y la importancia del otro).
• Otro famoso de Machado, popularizado por Serrat: “Caminante no hay caminos, se hace camino al andar”.
• En la Argentina el escritor de aforismos por excelencia es José Narosky, que escribió 17.000 de ellos. Acá se van a transcribe dos de los más elegidos por los lectores. El primero dice : “Ningún hombre cambia, pero muchos se quitan la máscara”. Y el segundo: “Te amo si estando contigo ya te extraño”.
El celular tiene mucho de cine, de televisión, de computadora y también, de libro
Otro aforista argentino de relieve fue Antonio Porchia, que escribió muchos no exentos de acidez, como éste: “Han dejado de engañarte, no de quererte. Y te parece que han dejado de quererte”.
Pero hay escritores aforísticos –autores además de notables novelas, poesías, ensayos y cuentos- en la literatura argentina. Uno de esos autores es el inevitable Borges: “ Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.”
A continuación van estos de otros escritores argentinos:
• “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” (José Hernández)
• “Vení a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará” (Julio Cortázar)
• “Mas no lo maté con armas, le di una muerte peor: ¡lo besé tan dulcemente que le partí el corazón!” (Alfonsina Storni).
• “¿Qué es un rostro amado? Un rostro que nunca es el mismo, un rostro que se transforma infinitamente, un rostro que nos defrauda” (Silvina Ocampo).
Los más chicos prefieren leer en los dispositivos móviles / Web
El AFORISMO POPULAR
En apoyo de la literatura rápida y decidora se encuentran los aforismos populares, nacidos en las fraguas generalmente anónimas. Simples y directos, algunos de ellos se irradiaron hacia todo el mundo, como “meter la pata”, para decir en pocas palabras que alguien se equivocó, hizo o dijo algo incorrecto.
Ese simple dicho nació hace siglos entre los cazadores españoles, que sembraban trampas en sus cacerías para atrapar animales. Allí quedaban los ciervos, liebres, jabalíes o conejos. Los cazadores le avisaban a sus compañeros, “aquí hay uno que metió la pata”, y entonces iban a capturar esas presas.
En la Argentina ahora se destaca –como cazador de aforismos- Charlie López, profesor de letras, periodista y conductor de distintos programas en radios y canales de TV, en donde trata de estos pensamientos breves y pequeños axiomas. Entre otros libros, López escribió uno que contiene el origen de algunos de los refranes, frases, expresiones e insultos más característicos de Argentina.
“Adelante con los faroles”, viene de una orden medieval que se daba a las legiones de soldados. De día iban adelante los lanceros, los que combatían. Y atrás iban los que llevaban faroles para alumbrar el camino. Cuando caía el sol, el capitán pegaba el grito: “Adelante con los faroles”, que debían entonces pasar a encabezar la columna.
El “Agarrate Catalina” es bien argentino y, en realidad, es la suma de dos expresiones. Catalina fue una trapecista de un circo porteño, cuya madre y abuela habían muerto por caídas del trapecio, ya que habían desempeñado la misma actividad. Entonces cuando la nieta se subía al trapecio desde las tribunas le gritaban “Agarrate Catalina…”.
En apoyo de la literatura rápida y decidora se encuentran los aforismos populares
Pero años después, el gran jockey que fue Irineo Leguisamo montó una yegua que se llamaba Catalina y antes de que alzaran las cintas de largada, le gritó “¡Agarrate Catalina, que vamos a galopar…!”. Sus colegas contaron eso y en poco tiempo el dicho quedó en el pueblo tal como lo dijo Leguisamo.
En su último libro, Somos lo que decimos, López detalla y descubre cuenta los secretos, historias y curiosidades de los 300 dichos y expresiones más representativos del país. Vale la pena esa obra.
A LA PANTALLA
Acaso pronto los capitanes de la vida, los que manejan las redes sociales, le dirán a los escritores de turno “adelante con los faroles” y, antes de que llegue la noche oscura de la que habló San Juan de la Cruz, la literatura encuentre la forma de iluminar el camino de miles de millones de personas que hoy leen lo que pueden, lo que salga, lo que les envíen.
La literatura tiene el poder de alumbrar, de sembrar ideas. Y ese trabajo se puede hacer, muchas veces, sin necesidad de escribir un tratado de 800 páginas. Hace no mucho tiempo vivió en Italia un poeta maravilloso. Su palabra iba desnuda, siempre sustantiva.
Usaba Ungaretti muy pocas palabras y fue uno de los poetas más premiados. Un libro de él tiene una página casi totalmente en blanco en donde hay poema de sólo dos versos, muy cortos ambos. Se llama “La mattina” (La mañana) y así dice el poeta cuando se despierta: “M´illumino/ d´inmnenso” (Me ilumino/de inmensidad”.
A lo mejor estas brevedades literarias empiezan a aparecer en las pantallas de los celulares. Y a enriquecerlas con metáforas y verdades.
El poeta italiano Giussepe Ungaretti
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