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La fábula de las palabras

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Por EVELIA DERRICO

Era un hombre muy observador, le gustaba sentarse en las plazas y mirar a la gente. Su trajinar, sus gestos, sus expresiones serias, o a los jóvenes sonrientes y despreocupados. Los veía ir y venir sin pausa, con paso firme o titubeante.

Un día iba a la Plaza San Martín; otro, a la Plaza Moreno; alguno, a la Plaza Italia y así recorría la ciudad y miraba atentamente. Y de tanto mirar, comenzó a ver algo que no se veía. Algo que nadie veía. Con asombro descubrió que cada persona llevaba consigo una gran bolsa de palabras.

Eran orales y escritas y gestuales; aparecían también en imágenes y signos y símbolos; todo un repertorio de nombres y de formas de nombrar.

También vio que el costal menos lleno era el más pesado. Y que cuanto más palabras tenía, más liviana era la carga para su portador. ¡Sin dudas una gran paradoja! ¿Qué explicación habría para semejante contradicción?

Entonces pensó y pensó alguna respuesta para tamaño interrogante. Analizó, relacionó con distintas situaciones, se dijo y se contradijo. Y se le ocurrió una.

Quienes llevaban un bolsón con pocas palabras tenían menos posibilidades de dar a conocer sus emociones, sus conocimientos, sus anhelos, sus talentos, sus necesidades; por eso pesaba tanto para el alma, por eso sentían una piedra en la boca del estómago y sobre el pecho, que los aplastaban. No podían gritar su interioridad.

Y aquellos con muchas, muchísimas palabras podían comunicarse mejor, compartir sus sentimientos, dar a conocer sus proyectos, defenderse de las injusticias, ejercer plenamente sus derechos, clamar por la paz, empatizar, podían confirmar su humanidad.

De ahí en más, ya no sólo observó, también habló con la gente apresurada, dialogó con ellos aunque más no fuera un minuto; dejó libros en los bancos de las plazas como a veces se acostumbra; comunicó y comunicó. La solución era hacer crecer más palabras, multiplicar las voces y sus modos de expresión, para aliviar la carga.

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