Casco Urbano
No sé cuándo empezó, pero hace tiempo que vivo acelerado. Me levanto con la cabeza ya llena de pendientes, el mate en una mano y el celular en la otra. Todo el mundo parece estar corriendo atrás de algo: el colectivo, la entrega, el pago, la vida. Y en ese ritmo frenético, la ansiedad se volvió parte del paisaje, como los autos que tocan bocina o la fila del banco un lunes al mediodía.
Intento frenar, pero me cuesta. Si no hago, siento culpa; si hago, me agoto. Vivimos tan pendientes del “después” que el “ahora” se nos escapa entre los dedos. Nos vendieron la idea de que siempre hay que estar produciendo, mejorando, avanzando. Pero ¿qué pasa si simplemente paramos?
El otro día, mientras esperaba el micro, me quedé mirando el cielo. No pasó nada extraordinario, salvo que respiré sin pensar en otra cosa. Tal vez la ansiedad no se cure con meditación ni con apps, sino con un poco de permiso para no hacer nada. Con dejar de correr detrás del tiempo y empezar a caminar a su lado.
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