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En “Rengo yeta”, González retoma el hilo que dejó en “El niño resentido” y lo hunde todavía más hondo. La escena inicial —un pibe baleado entrando al instituto de menores— instala de inmediato el pulso del libro: una caída que no da respiro. Duelen las heridas frescas, arde la abstinencia, se congela la soledad. Todo eso entra con él por la puerta del correccional, donde la fama de “leyenda” —construida por los noticieros, vinculada a un secuestro— funciona como sentencia anticipada: prosperará si entiende rápido las reglas de ese microcosmos feroz. No mostrar miedo. Atacar antes de defenderse. Ser macho, aunque el cuerpo tiemble.
La enfermería, esa isla rara donde lo acomodan para recuperarse, parece un respiro. Hasta que irrumpen dos adolescentes de clase alta. Ese contraste, tan violento como cualquier bala, abre una grieta imposible de suturar. La novela avanza como un latigazo: seca, urgente, sin ornamentos. González escribe desde la carne: desde ese pasillo estrecho que separa la villa del encierro, desde un territorio donde los códigos mandan más que las instituciones y donde cada gesto puede definir la supervivencia. Su prosa evita el cliché y rechaza cualquier piedad. Lo suyo es memoria viva convertida en literatura.
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